Comer bien en la carretera

Comer bien en la carretera

Comer en tránsito puede ser algo más que un mero trámite y convertirse en una buena experiencia si se programa con cuidado. La mejor opción es desviarse de la autovía: “Sus bares suelen ser concesiones a cadenas, sin mucho interés”, apunta Pedro Pardo, que se tiene muy rodada España sobre dos ruedas (firma España en moto y Los caminos de Santiago en moto) y es director de Anaya Touring, que acaba de publicar su guía Comer en ruta.net, en papel y en aplicación para el móvil. “Cuando las autovías sustituyeron a las nacionales se produjo una criba de todos aquellos bares a pie de carretera: han sobrevivido los de más calidad, los que han conseguido que a sus clientes les siga mereciendo la pena parar”, explica. Y otro apunte, teniendo en cuenta que comer en carretera implica levantarse de la mesa y continuar viaje: “Busca sitios sencillos, honestos, que sirvan comida no pesada, representativa de la gastronomía local y de precio humilde”. A los consejos del experto sumamos otros de famosos con mucho asfalto a sus espaldas. Uno por cada una de las seis radiales que salen de Madrid.








Leo Harlem.




 

LEO HARLEM. Morcillas y torreznos

A1. Si Leo Harlem (Matarrosa del Sil, León, 1962) se sacara alguna vez el carné de conducir, se compraría una furgoneta de reparto. Mientras tanto, ve pasar los kilómetros, muchísimos, desde el asiento de copiloto. Su oficio de monologuista lo ha llevado a recorrerse España varias veces para sus actuaciones, convirtiéndolo en un avezado espectador de paisajes, con especial predilección por la primavera y por las zonas de viñedos de Álava y La Rioja. ¿Y a la hora de parar? “Hay de todo, como en botica: sitios extraordinarios y sitios a los que habría que ir con lanzallamas, de lo mal que están. En general son correctos, con una tendencia acusada a ir hacia abajo”, critica. Sus referencias se encuentran sobre todo en la A-1, que es la autovía que utiliza el equipo (suelen ir tres en el vehículo) cuando enfila hace el norte, Burgos, el País Vasco.

“A la ida paramos en El Lagar de Milagros [salida 146 desde Madrid, en Burgos]”. Restaurante, tienda, barra con mesas. “Y unos torreznos que quitan el hipo”. Probaron un día, “vimos mucho coche aparcado y pensamos: estará bien…”. Ahora paran siempre. “Solemos pedir huevos fritos con morcilla, picadillo, lechazo a la sal. A veces ponemos una ensalada al centro, para dar sensación de salud, pero suele volver a los corrales”, bromea. Rematan con unas rosquillitas con café y, en el caso de Leo, una copa de anís. “Quien conduce no prueba ni una gota de alcohol”, se pone serio por primera (y última) vez en la entrevista. A la vuelta desayunan o almuerzan a la salida de Burgos, en la barra del Landa. Además de los consabidos huevos fritos y morcillas, “tiene una bollería descomunal… Sus cruasanes podrían rivalizar con un sitio de bollería francesa”. En el Landa puso a prueba Leo sus dotes detectivescas: “Entramos y había un montón de chavales jóvenes, y dije: ‘estos son futbolistas’, y mis compañeros: ‘que no’, y yo: ‘que sí’. Los chavales me pidieron que me hiciera foto con ellos y sí, eran jugadores de la Real Sociedad”.








Javier Urra.




JAVIER URRA. Bocatas y pinchos

A2. Al psicólogo Javier Urra (Estella, Navarra, 1957) le encanta conducir, con teléfono y radio desconectados. “Me sirve para pensar; el paisaje va cambiando; vives momentos distintos; tiene algo de útero materno”. Suele ir a una parada cuando viaja por la A-2, autovía que une Madrid con el noreste. “Paro cada 200 kilómetros, doy un paseíto, estiro las piernas; comidas copiosas, en absoluto, y menos en verano”. A la ida, alto en el Mavi (Alcolea del Pinar, Guadalajara). “Es una gasolinera conocida; el dueño se llama Iñaki y es muy majo”. Y bocata o un torrezno cortado en trozos, “así parece que como menos”. Un inciso: viniendo de Alcolea (de donde son sus suegros) le dio un infarto de miocardio, y lo siguiente que recuerda es estar en el hospital Gregorio Marañón de Madrid con una bata verde, “viéndome el culo y dependiendo del buen hacer de un desconocido. Fue toda una lección”, asegura.

Para el repostaje de vuelta le toca meterse en Almazán (Soria), pero le merece la pena. Por el pueblo, “que es muy bonito”, y por el Restaurante Antonio: su dueño tiene 94 años y de vez en cuando va para supervisar. “Lo conocemos de cuando era mi padre quien conducía”, recuerda. Allí cae un pincho de bonito, un pepinillo grande o su conjunto: intersección de pepinillo con bonito por dentro. Otra opción es El Duque, en Medinaceli (Soria), donde deja la A-2 y enfila la autovía de Navarra hasta Pamplona. A 40 kilómetros de la capital se encuentra Estella. Y allí, El Amaya, con sus fritos: gambas gabardina, unas buenas croquetas… Si es fin de trayecto, los acompañará de un típico marianito, que es un vermú pequeño. Si el viaje prosigue, se olvida de los marianitos y recala en la plaza del Castillo de Pamplona para dar una vuelta por el Iruña –“Un sitio de toda la vida”–. O “a que me sorprendan” al Niza, con sus pinchos modernos.

GINÉS GARCÍA MILLÁN. Con mirada nostálgica








Ginés García Millán.




A3. Ginés García Millán (que estrena papel en la serie de Tele 5 Frágiles) mira a la A-3 (que lo lleva de Madrid a casa, a Puerto Lumbreras, Murcia, donde nació en 1964). Y tira de clásicos con galones: Venta San José (en Zafra de Záncara, Cuenca), Venta de Cancarix (en Hellín, Albacete). Platos manchegos, guisos caseros, bocadillos bien hechos. En una de estas ventas, una señora se le acercó un día para pedirle un autógrafo; se lo firmó, claro, pero detrás de la señora iban los otros 50 pasajeros del autobús que acababa de parar en la puerta. “Se acabaron las servilletas”, recuerda. El actor va mucho a su pueblo, y le gusta hacer altos en “los sitios donde se ha parado toda la vida cuando la carretera era nacional”. Siempre que tiene tiempo visita los pueblos que han quedado fuera del paso por la autovía. “Me gusta observar lo que el tiempo ha hecho con aquellos negocios que nacieron al amparo de la carretera. Es por una especie de ligazón sentimental: Puerto Lumbreras también se quedó un poco marginado con la autovía; vivía del turismo; mi familia tenía un hotel”.

Antonio Carmona. A piñón fijo








Antonio Carmona.




A4. Cuando Antonio Carmona (Granada, 1965) viaja por la A-4, a Granada, a ver a la familia, o a Cádiz, donde veranea desde hace años, programa la ruta de manera que la hora del almuerzo le llegue a la altura de Puerto Lápice (Ciudad Real), donde está la Venta del Quijote: “Es una antigua casa con grandes muros encalados a la que se entra por un antiguo portón para carruajes, con el suelo empedrado y un patio decorado con útiles para el campo”. Un lugar muy especial porque se lo descubrió su abuelo. “Es auténtica comida manchega de pueblo, sin florituras ni moderneces, de la de siempre”. Nunca deja pasar la ocasión de “disfrutar de unas migas, que ahí son impresionantes, posiblemente de las mejores que he comido nunca”.

En la AP-4, en San Fernando, está el Bodegón Andalucía, donde Carmona recala para comer pescaíto, y en primavera, caracoles, sus especialidades. Es su segundo y último alto en el camino. El cantante encuentra pocos sitios donde se sienta a gusto cuando viaja, y tampoco le gustan las sorpresas. Lamenta que cada vez quedan menos ventas de carretera, sustituidas por gasolineras y grandes complejos donde, dice, encuentras de todo, pero en realidad no comes bien. Cuando ha ido de gira, a veces ha preferido dar cuenta de un bocadillo en la furgoneta, con los músicos.

INMA CHACÓN. El viaje como parte de la aventura








Inma Chacón.




A5. Inma Chacón (Zafra, Badajoz, 1954) suscribe las palabras de Kavafis acerca de que el camino hacia la aventura ya forma parte de la aventura. Entre que le gusta viajar y que se tuvo que patear prácticamente toda España durante la promoción del Premio Planeta (fue finalista en 2011 con su novela Tiempo de arena), puede decirse que la escritora es una experta conocedora de las carreteras patrias, con sus correspondientes bares. “Yo particularmente sigo el truco de pararme donde hay camiones, y me suele funcionar. Aprovecho para conocer un poco la gastronomía local”, explica.

Pero cuando le preguntamos por sus bares a pie de cuneta, barre para casa, para la A-5. En su kilómetro 301, yendo desde Madrid, está el Camping 301 (en Miajadas, Cáceres), donde se comen “embutidos extremeños con pan candeal y bacalao dourado”. Antes, en la salida 193, la de Almaraz Norte, hay una gasolinera en la que pide tortilla de patatas y ensaladilla rusa. Y en La Cigüeña, en la salida de Trujillo, lo que caen son los huevos rotos con jamón y paté de codorniz. “Antes pasaba la nacional, ahora hay que desviarse; es un sitio de toda la vida, mi padre también paraba allí”. El viernes siguiente a esta entrevista, los Chacón Gutiérrez se reunían en una boda en Extremadura, y los miembros de la familia residentes en Madrid tendrían su punto de encuentro en uno de los tres sitios señalados por Inma.

CRISTINA CASTAÑO. Una actriz motera








Cristina Castaño.




A6. Cristina Castaño (Vilalba, Lugo, 1978), la Judit de La que se avecina, no tiene coche, sino moto: “Es una de las sensaciones más placenteras que existen”; con ella se mueve por Madrid, porque no sufre atascos y aparca donde quiere. Como buena gallega, la actriz, que participa en la serie Frágiles y tiene un proyecto de cine para otoño del que aún no puede hablar, transita con frecuencia por la A-6. De entre sus bares de carretera destaca Casa Varela (Begonte, Lugo), “el sitio para comer auténtica comida casera; los callos están deliciosos”. Es el restaurante que se encargó del catering del rodaje de la película 18 comidas, protagonizada por Luis Tosar. “Conozco a muchos actores de ese reparto que me han dicho que ha sido el mejor catering de sus vidas”, dice entre risas. Y una de las referencias de la actriz en la A-6.

La otra se llama Casa Óscar (A Gudiña, Ourense), y en realidad ya no está en la A-6, sino en la salida 124 de la A-52 (Benavente-Vigo). Allí quedó para una comida familiar un día en el que ella se encontraba mal del estómago. “Tuve que contemplar a toda mi familia comiendo unos platos de suculenta carne mientras a mí me preparaban un arroz hervido con jamón York; eso sí, la siguiente vez que fui me resarcí bien”, recuerda. Ambos sitios los conoció a través de sus tíos Fernando y Paloma.



Del cabo de Palos al faro del cabo de Gata


Ginés García Millán propone una refrescante ruta en coche desde el cabo de Palos (en Murcia) hasta el faro del cabo de Gata (en Almería). Para hacer en dos o tres días y empezar “con un desayuno en el muelle del cabo de Palos y un paseo”. De ahí a la N-312 y desvío al parque de Calblanque, “con unas playas vírgenes de no creerte dónde estás”. El valle minero de La Unión –“En esos paisajes increíbles rodé mi primera película, El infierno prometido”–. El Gorguel –“Una playa escondida que es un espectáculo, al fondo del valle minero”–. Cartagena. Carretera de Las Canteras, hacia el Portús. Isla Plana y La Chara con su arroz y su lubina salvaje, o el quiosco de Isa Mari, con sus quintos de cerveza, “los más ricos del mundo”, y patatas fritas. Y con suerte, un atardecer en la Azohía, con una copa en las Antípodas.

El discurso del actor evoca una sucesión de estampas de sol y playa y gastronomía. Huevas de mújol y almendras fritas, “con eso vas al fin del mundo”. Mazarrón y un gallopedro en La Siesta. La playa de Los Percheles, “africana, con palmeras”. Salida hacia Calnegre, con los arenales del Ciscal y las Mujeres entre un mar de plástico. Parque Regional de Marina de Cope. Venta El Pocico, donde hacen un arroz con conejo monumental. Visita a la Cuesta de Gos, donde descansa Paco Rabal. Noche en el hotel Al Sur, en Águilas, “el pueblo de los veranos de mi infancia”, con Casa Poli, la Casa del Mar, La Veleta. O, para variar, una pizza en el Giorgio.

La A-332 conduce a Cuatro Calas, “donde están mis playas favoritas”. La costa almeriense asoma: el puerto de Garrucha, San Juan de los Terreros, Pozo del Esparto, Villaricos, Mojácar. “Montaña a un lado y el mar, de un azul precioso, al otro”. Un pescado excelente. Visita a la Torre de Macenas, donde se rodó parte de La isla del tesoro. Sopalmo, Carboneras y la playa de los Muertos. Aguamarga, ya en el parque natural de Cabo de Gata, Fernán Pérez, Las Negras, Rodalquilar, San José y sus arenas imprescindibles de Mónsul y Genoveses. Pescado en el bar de la Isleta del Moro, y noche en su hostal.