Esto es lo que te pasaba en el Antiguo Egipto por conducir bebido

Las multas de tráfico no las inventó la DGT, y hace 2.800 años eran bastante más duras que ahora. El carné por puntos parece una broma a su lado.

Esto es lo que te pasaba en el Antiguo Egipto por conducir bebido

Tabula Peutingeriana: un 'mapa' de la red viaria del Imperio romano.

¿Tu matrícula es par o impar? Una pregunta que ha sonado mucho últimamente entre los conductores de algunas ciudades europeas. Otra: ¿cuántos puntos del carné te quedan? Y más: ¿tu barrio es zona azul o el aparcamiento es gratuito? Las maneras de gestionar el tráfico y los estacionamientos en la actualidad son muchas y variadas, pero ¿cómo han evolucionado las multas a lo largo de la historia?

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha tenido la necesidad de moverse por calles y calzadas, ya fuera en burro, en carromato o a caballo. Y los atascos y las multas no son patrimonio del hombre moderno, el que conduce vehículos a motor. Estas son algunas de las multas o sanciones más curiosas de la Historia.

Tal vez esta sea la primera sentencia de la que se tiene constancia: en un papiro egipcio de hace unos 2.800 años se recoge la pena impuesta a un conductor arrestado por circular con su carro bajo los efectos del alcohol.

Tras ser acusado de chocar contra una estatua y atropellar a una niña, el juez decidió imponerle la pena de ser colgado en la puerta de taberna donde se había emborrachado a la espera de que animales carroñeros se encargaran de hacer desaparecer su cuerpo. Una medida más contundente que quitarle unos cuantos puntos del carné.

Aunque la primera civilización para la que el tráfico comenzó a convertirse en un problema serio fue, sin duda, la del Imperio romano. La ciudad de Roma, una de las primeras grandes urbes de la historia, llegó a tener un millón de habitantes, por lo que el César, que ostentaba el cargo de Curator Viarum (algo así como director de las Grandes Carreteras”, un jefe de la DGT pretérito), se vio obligado a dictar la primera restricción del tráfico.

Recogida en la Lex Lulia Municipalis, esta norma estipulaba que solo los carros que transportasen materiales de construcción para los templos de los dioses o para otras obras públicas podían transitar por la ciudad en horas diurnas. De esta forma, se prohibía la circulación de vehículos privados, exceptuando los de generales victoriosos o sacerdotes que participasen en actos de culto.

Sin movernos de Roma, aunque dando un salto en el tiempo, nos topamos con una norma impulsada desde el Vaticano. Año 1300, papado de Bonifacio VIII y peregrinación multitudinaria al centro de la cristiandad. O lo que es lo mismo: caos circulatorio en ciernes.

El Papa, sabedor de la que se le venía encima a la ciudad, decidió dictar una ley que todavía hoy sigue en vigor en algunos países, la de que los vehículos circulasen por la izquierda. La norma cambiaría en tiempos de Napoleón, cuando el emperador alteró la ley de Bonifacio VIII, obligando a los conductores a circular por la derecha. ¿Por qué en Inglaterra se siguen todavía los preceptos papales? Sencillo: porque Napoleón nunca pudo conquistar aquellos territorios.

Volvemos al siglo XV y recalamos en los dominios de otro Imperio floreciente, el español. Aquella Castilla cada vez más poblada y con un tejido comercial en auge era también sinónimo de accidentes de tráfico, normalmente causados por conductores beodos que tomaban los mandos de su carromato con algún vino de más.

Por ello, Isabel la Católica dictó el que tal vez sea el primer código de sanciones de España, que imponía penas de todo tipo. Aunque no se les podía hacer soplar para determinar su grado de alcohol en sangre, los conductores detenidos en estado de embriaguez debían pagar una multa, decir adiós a su carro o, incluso, ingresar en prisión.

También en el siglo XV, pero en tierras inglesas, el código Liber Albus aplicado en las calles de Londres prohibía conducir los carromatos a mayor velocidad solo por el hecho de ir vacíos, imponiendo una pena económica de 40 peniques (de los de entonces).

Y más medidas disuasorias. En 1584, el Virrey de Valencia Juan de Ribera amenazó con la excomunión a todos aquellos conductores que dejasen aparcados sus vehículos en las calles por las que tuvieran que discurrir las procesiones en honor a San Vicente Mártir, al Corpus o a Nuestra Señora de Agosto. ¿El pasado remoto de los vados y las zonas de estacionamiento regulado?

Un poco más adelante, el 1767, el rey Carlos III se propuso controlar el tráfico entre Madrid y Aranjuez. Los accidentes y problemas eran constantes, por lo que el monarca ilustrado quiso establecer un sistema sancionador moderno y completo que sirviera, además, para sufragar los gastos de mantenimiento de la vía (aunque seguro que muchos conductores ya utilizaban el argumento del “afán recaudatorio”). En el nuevo código se especificaban las multas por cruzar por lugares prohibidos, por romper los guardarraíles, por causar daños en el arbolado…

Y mucho más cercano en el tiempo, el Reglamento para servicio de coches automóviles por las carreteras del Estado, sancionado por la regente María Cristina, madre de Alfonso XIII, establecía en su artículo 20 que “el conductor que en el transcurso de un año infringiere dos veces las prescripciones a sus deberes, podrá ser privado de su permiso para conducir automóviles”.

En definitiva, una historia plagada de curiosidades que hacen ver cómo los problemas de tráfico y las multas existen casi desde que los sumerios inventaron la rueda hace 6.000 años.