Diversión y desafío sin pasar de 50 km/h

Cuando tuve el reglamento en mis manos ya era demasiado tarde. Había aceptado el ofrecimiento de Ford España para participar en la EcoAventura 2016 en Barrachina (Teruel) conduciendo un Ranger, su espectacular pick-up renovado hace muy poco. Así que a lo hecho, pecho. En las normas de la prueba ponía bien clarito que en los tramos controlados no se podría superar, excepto asumiendo la correspondiente penalización, los 50 km/h. ¿Qué diablos hacía yo en un evento de todoterreno en el que no se podía correr? Quizá debía haber elegido otro plan para el fin de semana…

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El planteamiento de las pruebas que organiza Nacho Salvador y su equipo es precisamente ése: demostrar que se puede disfrutar de la naturaleza y de la conducción fuera de carretera con el más absoluto respeto medioambiental. Su propuesta pasa por retos de orientación y consumo en los que ir deprisa no es que figure en un segundo plano, es que directamente carece de la más mínima trascendencia. Visto así suena muy bien, muy ecológico y solidario, pero ponerlo en la práctica podía acabar resultando un verdadero suplicio. Por fortuna, una vez más me quedó muy claro que los prejuicios casi nunca son buenos consejeros y descubrir lo divertido que puede llegar a ser este tipo de actividades fue la mejor de las sorpresas de dos jornadas magníficas.

La EcoAventura está abierta a cualquier tipo de vehículo con unas mínimas capacidades para circular fuera del asfalto. Es así como entre los inscritos se encuentran desde ilustres veteranos como los Seat Panda a poderosos 4×4 con cierta preparación, sobre todo Toyota Land Cruiser, pasando por los populares todocamino (del estilo del Ford Kuga) y pick-up como el Ford Ranger que yo iba a utilizar. Tal disparidad de conceptos se justifica al entender que lo importante para pasarlo bien e incluso hacer un papel digno en la competición (por llamarlo de algún modo) es el ingenio, la capacidad de orientación, el manejo de unos básicos instrumentos de navegación y la observación. Así que de nada sirve llevar un todoterreno de 70.000 euros si el conductor es incapaz de interpretar un rumbo o leer un mapa topográfico.

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Durante dos días son cuatro los retos que se plantean: el seguimiento de un libro de ruta, la búsqueda de puntos en un mapa, la localización de puntos de un GPS y la identificación de ubicaciones a través de fotografías. Y como guinda para el pastel, la segunda clasificación de la EcoAventura es la que se refiere al consumo de los vehículos, por lo que es obligado tener mucha finura con el pedal del acelerador para conseguir que sean lo más aquilatados posibles (una clasificación que, por cierto, ganó el segundo coche del equipo Ford, un Kuga con motor diésel). En definitiva, que lo de ir deprisa carece por completo de sentido ya que el gasto de combustible se disparará y la navegación se verá penalizada con constantes errores y extravíos.

Ahí estábamos, a punto de empezar las pruebas, intentando hacerlo lo mejor posible con nula experiencia en estas lides e intuyendo que la diversión llegaría ya por la noche en el hotel, con el coche aparcado y bebiendo alguna cerveza con el resto de aventureros en formato dominguero. Pues no, tremenda equivocación. Cada uno de los desafíos resultó de cierta complejidad, exigían concentración y pericia, atención a cada detalle y control de muchos parámetros: el rumbo, los desvíos, el mapa, el GPS, el cuentakilómetros, la orografía, los demás participantes… Tanto a lo que atender que derrapar, saltar o fanfarronear con el volante es inútil;  la limitación a esos 50 km/h pasa a ser casi anecdótica (aunque también hay que controlarla para evitar penalizaciones por despistes puntuales) ya que para cumplir con las exigencias de la prueba es inviable circular a más velocidad: en el juego dominical de buscar mediante imágenes medio centenar de puntos concretos en un recorrido de unos 30 kilómetros se empleaban tres horas, es decir, el promedio fue de 10 km/h.

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La experiencia se ha revelado magnífica, incluyendo el sensacional entorno que representa la zona turolense de Barrachina, un auténtico paraíso para la práctica de cualquier modalidad, ya sea el ciclismo, la moto, el 4×4 o el senderismo. Además he descubierto cómo se puede disfrutar del off road sin necesidad de levantar polvo o tener la sensación de hacer algo ilegal (aunque en muchas comunidades autónomas en realidad lo sea), simplemente planteándose desafíos que nada tienen que ver con la velocidad y que pueden ser igual de apasionantes o incluso más. Así que ya estoy esperando la próxima fecha de la EcoAventura, me dicen ahora que Cuenca espera…