La DGT sigue prefiriendo la demagogia

El paquete de medidas propuesto por la Dirección General de Tráfico (DGT) para intentar reducir la siniestralidad en las carreteras españolas sólo puede ser calificado como peculiar. Como es habitual entre los políticos, la demagogia vuelve a ser el argumento principal esgrimido por los nuevos dirigentes del organismo, avalados por sus superiores en el Ministerio del Interior. Si leyeran las apreciaciones acertadísimas al respecto de Mario Arnaldo, presidente de Automovilistas Europeos Asociados, quienes han ideado este plan estratégico de 16 medidas deberían, como poco, enrojecerse del bochorno.

carretera

Decir que desde la DGT se ponen manos a la obra para frenar la línea ascendente de las víctimas de tráfico es algo tan obvio como que usted o yo vamos a trabajar cada día que nos toca. Faltaría más. Sin embargo, vuelven a decantarse por el camino más sencillo y, por supuesto, barato. El deterioro de la red viaria y el envejecimiento del parque automovilístico son un toro demasiado bravo como para que alguien tenga el valor necesario para darle el primer capotazo. Mucho más sencillo les resulta incidir en soluciones que desde luego no son inútiles pero tampoco las más efectivas ni las más urgentes.

A estas alturas de película parece increíble que sigan colocando a la velocidad en el centro del problema. Radares, cámaras, avisadores luminosos y demás soluciones para combatir los excesos con el velocímetro deberían ser sólo un complemento a una política de tráfico mucho más ambiciosa y coherente. A nadie se le pasa por la cabeza  hablar de barra libre para la velocidad (aunque continuar circulando a 120 km/h por las autovías actuales y con los coches modernos como hace medio siglo merecería un debate al margen), pero de ahí a enrocarse en ese afán recaudatorio como mejor alternativa me parece simplemente impresentable.

Tráfico Puente de Mayo

 

 

 

 

Y que nos digan que esa prioridad por hacer caja no es real se antoja como una auténtica tomadura de pelo. Todos estamos cansados de comprobar ubicaciones de radares (fijos y sobre todo móviles) en carreteras o vías sin riesgo alguno y en las que fácilmente los conductores pueden excederse de los límites sin ni siquiera ser conscientes de ello. Ejemplo: la típica recta a la salida de una población, en la que se obliga a una velocidad baja aunque ya no existan riesgos y el automovilista puede acelerar animado por el cambio de entorno; ahí, camuflado al estilo de un comando militar, encontramos el radar velando por nuestra seguridad. Un chiste…

Estas ideas efectistas pueden invitar a pensar que en la DGT se desvelan por los ciudadanos, extendiendo una cortina de humo sobre los problemas realmente importantes y que requieren de más esfuerzo e inversión para ser solventados. La estrategia es seguir haciendo ruido, invitarnos a pensar que nuestros impuestos sirven de algo y que siendo mejores conductores la siniestralidad cero será un objetivo alcanzable. Pues conmigo que no cuenten, a mí no me convencen. El día que oiga hablar a esos sesudos expertos de cuestiones como la educación vial considerada asignatura obligatoria en las escuelas, de inversiones en carreteras y protecciones, de ayudas para retirar de la circulación vehículos que claramente no deberían seguir rodando, del apremiante (por trágico) reto de la convivencia entre automóviles y bicicletas o de la necesidad del diálogo con las asociaciones que realmente tienen el pulso de lo que ocurre en las carreteras, quizá empiece a pensar que algo está cambiando. Todo lo demás son simples fuegos de artificio más o menos llamativos.