Cuando la industria de la automoción empezó a desarrollarse a gran velocidad, en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, los responsables de las marcas quisieron siempre adelantarse al futuro. Y la consecuencia, ya entonces, fueron coches sorprendentes, a veces incomprendidos y en muchas ocasiones incomprensibles. Por dentro y por fuera.

La lista de modelos que dieron un paso más allá antes que nadie la encabeza el Buick Y-Job (1938), el primer prototipo de la historia. La marca hizo algo que hasta entonces parecía impensable: fabricó un coche que no pensaba comercializar, tan solo era el ejemplo de lo que eran capaces de hacer. Consiguió lo que esperaba (atraer la atención sobre una figura y unas soluciones técnicas novedosas) y abrió la puerta a la imaginación del resto de fabricantes.

Desde entonces, los prototipos se han convertido en un modo de probar soluciones sin miedo ni pudor, sin importar que después los modelos no llegaran a producción o que los coches resultantes no se parecieran demasiado al concept que los inspiró.

Los diseñadores, liberados de ataduras económicas y técnicas (costes, practicidad, materiales, tecnología…) pueden dar rienda suelta a su imaginación y crear auténticas obras maestras que maravillan (o espantan) a los aficionados y al propio sector. En este sentido, los años ochenta del siglo XX fueron un caldo de cultivo perfecto para modelos de diseño extravagante y sin complejos.