Pruebas

A lomos de un mito

El Mustang llega europeizado a nuestro mercado, tanto en comportamiento como en el interior, pero manteniendo su V8 de 418 CV.

A lomos de un mito

Un tranquilo atardecer un sábado de septiembre, el sol poniéndose a tu espalda, el viento cálido rodeándote, por delante varios kilómetros más de las divertidas carreteras de la Costa Brava y en el volante que sostienes entre tus manos la inconfundible figura de un corcel al galope. ¿Se puede pedir más?

Un amante de los coches, sobre todo con especial predilección por los muscle car, seguramente no. Y es que hay que celebrar que, por primera vez en su historia, el Ford Mustang salta no solo el charco, si no directamente a todos los continentes con su primera generación global. No se trata del mero hecho de que ahora se comercialice en todo el mundo, si no de que esa llegada a múltiples mercados se ha tenido en cuenta en su desarrollo.

Este tipo de modelos siempre se han considerado como un coche para rectas, en el que lo importante es meter potencia y caballos a tutiplén y en el que valores como la agilidad o el comportamiento en curva se relegan a un segundo plano. No se puede negar lo primero, ya que la versión pequeña monta un motor 2.3 EcoBoost de 314 CV y la superior acompaña las siglas ‘GT’ con un bloque V8 5.0 que entrega 418 CV, tiene una pegada magnífica y suena como los ángeles (mención aparte a los pasos por túneles)

Sin embargo la gente de Ford España quiso demostrarnos que lo segundo no es tan cierto como se piensa y, como del dicho al hecho hay un trecho, dejaron en nuestras manos que lo comprobásemos en primera persona.

Echando un ojo a la ruta propuesta, una combinación de carreteras secundarias, puertos de montaña y costa, con bastantes tramos sacados directamente del antiguo Rally de Cataluña, a priori no parecía el terreno ideal para probar las bondades del Mustang. Las carreteras estrechas, sin apenas rectas y con bastantes kilómetros incluso con un solo carril para ambas direcciones, no parecían demasiado halagüeñas para un coche que, salta a la vista, es grande, ancho y pesa 1.720 kg (es el precio a pagar por esa silueta musculada y por alojar ese poderoso motor).

Sin embargo, ¡sorpresa! No vamos a decir que sea ágil como un pequeño compacto hot-hatch, pero el muscle car se desenvuelve con soltura en un hábitat que claramente no es el suyo, enlazando curvas con más facilidad de esperada y con unas suspensiones que, sin ser excesivamente duras, administran bien los giros y evitan que el coche balancee demasiado.

Si a su comportamiento más que aceptable le sumamos un motor ‘cargado’, con potencia de sobra y muy buena elasticidad, las sensaciones al volante del Mustang son realmente buenas. Y es que este coche trata de sensaciones, no de aspectos técnicos, cifras, datos y ni siquiera de prestaciones.

Por norma general en las prestaciones se presta atención a detalles, al equipamiento, a los gadgets tecnológicos, a las cifras de consumo… en esta ocasión no. Que el navegador falle de vez en cuando, que el interior, aún europeizado, siga siendo algo espartano en algunos materiales; o que el gasto supere los 10 l/100 km importa menos cuando vas a cielo abierto rodeado de acantilados a lomos de un mito.

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