El delicado compromiso de aconsejar sobre la compra de un coche

Comprar coche

Trabajar en la Prensa especializada del motor te convierte, casi de forma automática, en asesor eventual de compradores de coches. Algo lógico. Los amigos, los familiares, los vecinos, los compañeros e incluso los amigos, familiares, vecinos y compañeros de todos los anteriores piensan que, desde una perspectiva profesional, les podrás ofrecer algún tipo de orientación respecto al modelo que más les conviene. Sin duda que no les falta razón, estar en contacto con las empresas del sector, poder asistir a presentaciones de productos y probar modelos de todo tipo otorga una perspectiva privilegiada sobre la realidad de la industria de la automoción.

Yo vengo asumiendo este papel con agrado desde hace décadas. En ocasiones me cuesta hacer entender al interesado que yo soy periodista, no piloto, ingeniero o mecánico, así que mi perspectiva es la de un informador especializado en este tipo de contenido, no la de un experto de la automoción con cualquiera de los otros perfiles. Hecha esta aclaración, escucho con atención e interés los requerimientos de mi interlocutor, en ocasiones incluso con curiosidad porque se plantean situaciones realmente sorprendentes.

Con los datos más o menos concretos del comprador (la pregunta básica de “qué coche me compro” me niego a responderla sin más detalles), ofrezco mi opinión más honesta y argumentada posible, insistiendo en que cada persona es un mundo y que no siempre mi visión es la más válida posible: subirte a tantos coches sin que ninguno sea tuyo puede terminar provocando cierta deformación de la realidad, por ejemplo en lo que se refiere al precio de los vehículos (que también pueden ser motos, en mi caso).

concesionario

La visita al concesionario casi siempre provoca inquietud.

Ya digo que me esfuerzo en ayudar en todo lo posible, despejar dudas y facilitar decisiones. Comprar un automóvil resulta trascendente en muchos aspectos, empezando por el económico, no se puede tomar a la ligera. Sin embargo, últimamente cada vez sufro más sudores fríos cuando alguien me pide consejo sobre la cuestión. La volatilidad del entorno me hace especialmente difícil afinar el tiro, saber no ya qué le conviene a esa persona en la adquisición inmediata sino también cómo se desarrollará la movilidad en el corto plazo, no digo ya en el largo.

En los últimos meses la duda más recurrente no es tanto sobre una marca o un modelo sino sobre el tipo de energía que los mueve. La demonización del diésel, las mayores posibilidades de la gasolina, las dudas respecto a los híbridos, el desconocimiento sobre los enchufables, el temor a los eléctricos… Todo un universo de alternativas, complejas y con multitud de matices que convierten en un desafío mayúsculo el deseo de aclarar el panorama a un tercero. Cuando ni siquiera yo tengo muy definido cómo resolver mis necesidades de movilidad personal, ¿cómo voy a influir sin cierto temor en otro automovilista?

Es un compromiso que me angustia. Básicamente porque tampoco puedo ni quiero renunciar a él. No me apetece decirle a un buen amigo o a un viejo compañero de trabajo que se busque la vida, que no me meta en líos intentando darle solución a un problema que es solo suyo. Sigo atendiendo con paciencia cualquier consulta, una buena intención que no significa que alivie lo más mínimo la presión que me genera pensar si realmente estoy siendo capaz de entender las necesidades de esa personas. Antes podía tener más confianza en mi criterio, ahora el acierto no depende de ello sino de las incógnitas que se prevén en un sector que afronta una de las grandes revoluciones de su historia.

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