NavaRider Day, una experiencia imprescindible

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El nuevo fenómeno de las rutas organizadas en moto se muestra imparable en España. Parece evidente que las preferencias de los usuarios están cambiando porque también lo hace el perfil del motorista, su edad, su responsabilidad y la presión sobre los excesos en la carretera. Las propuestas de turismo sobre dos ruedas, envueltas con ciertos matices de aventura o desafío, proliferan en casi cualquier punto de la geografía nacional. Unas con más éxito que otras, en diferentes variables y distancias, de mayor o menor exigencia, pero todas con el denominador común de perseguir el disfrute del participante.

Tenía ganas en descubrir las razones de esta eclosión, por curiosidad y por comprobar si su enorme aceptación se encuentra tan justificada como muchos aseguran. Las ya famosas riders congregan en su conjunto a miles de motoristas a lo largo del año, la mayoría de ellos declarándose encantados con la experiencia y dispuestos a repetir en la que ya conocen o en otra similar.

Y la oportunidad me llegó con un evento del que tenía excelentes referencias y que se celebra en un escenario del atractivo indiscutible de Navarra. Se trataba de la sexta edición del NavaRider Day, un recorrido de más de 500 kilómetros en una única jornada por algunos de los más bellos parajes de esta comunidad autónoma. Al comienzo del otoño, cuando la temperatura (salvo complicaciones) resulta ideal para rodar y todo bajo la batuta del equipo de Moto Rutas, perfectos conocedores de la zona y con la experiencia suficiente en este tipo de organizaciones para garantizar su buen desarrollo.

Debo reconocer que viajé hasta Pamplona, el centro neurálgico de NavaRider Day, con algo de escepticismo sobre mi integración en un encuentro tan multitudinario. Soy más de rodar en solitario o en grupos reducidos, lo de compartir carretera con otros 800 motoristas no me motivaba excesivamente, por no mencionar el tumulto que imaginaba podía suponer cada situación que se fuera dando: las inscripciones, la salida, las paradas, el almuerzo, el sellado de los puntos de control…

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Como mi idea era descubrir lo que existía detrás de todo esto, dejé atrás esos prejuicios y me dispuse a intentar disfrutar todo lo posible de una jornada en la que, al menos, la kilometrada estaba asegurada. Me decidí a participar con mi BMW NineT 1200 Urban G/S 1200; quizá no es la montura ideal para completar más de 1.500 kilómetros en apenas 48 horas, pero me hacía ilusión vivir la experiencia con mi propia moto.

Los tramites iniciales fueron sencillos y rápidos, lo que achaqué al hecho de haber sido previsor y realizarlos a primera hora de la tarde, cuando todavía la afluencia de participantes era poco numerosa. En todo caso, empezar con buen pie siempre anima, como también lo hizo que el montaje del Parque de la Runa luciera un ambiente muy familiar y agradable.

La hora de la verdad llegaba el sábado, lo anterior había sido sólo un aperitivo de 500 kilómetros del viaje desde Madrid hasta Pamplona, con algún rodeo incluido para aprovechar la ocasión de rodar sin prisas. Tocaba madrugar para arrancar antes de las ocho de la mañana en uno de los casi 80 grupos previstos, que se ponían en marcha cada dos minutos durante dos horas y medias. De ese modo se evitan aglomeraciones de participantes, con todos los inconvenientes que acarrean en la carretera y fuera de ella.

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La salida se produjo puntual y fue entonces cuando empezó el verdadero espectáculo. Sólo unos minutos después del trámite inevitable de abandonar la ciudad, se empezaba a rodar por carreteras impresionantes, con un asfalto en perfecto estado, un trazado ideal para la conducción relajadas incluyendo muy poco tráfico.

Con los primeros rayos de luz llegó el momento de apreciar lo mucho que ofrecía el paisaje, que era cómodo de contemplar por las facilidades de la navegación por medio de un track de GPS. Otros eventos de este tipo optan por el formato de libro de ruta, quizá más genuino y también más exigente, añadiendo una pizca de dificultad al desafío que, en contrapartida, suele ir en detrimento del aspecto contemplativo del recorrido.

La misma tónica se mantuvo durante las doce horas que se hacían necesarias para completar el plan previsto por los organizadores, pasando por los diferentes puntos de control, en los que se sellaba el pasaporte de la prueba. Un promedio de velocidad en torno a los 60 km/h dice mucho de lo exigente del trazado, puertos de montaña y pequeñas carreteras locales o comarcales donde el protagonismo absoluto es de las curvas y de un entorno abrumador por su majestuosidad y belleza. Sobre todo, en un inicio del otoño en el que los bosques empiezan a teñirse de multitud de colores, la luz se filtra mágicamente entre los árboles y los contrastes surgen a cada instante.

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Rodar en moto por esos parajes es un lujo accesible, una experiencia difícil de compartir porque la mejor forma de entenderla es viviéndola. Navarra ofrece tantos encantos que, sobre una moto, poco más hace falta para acercarse a ese concepto tan abstracto como anhelado de la felicidad, siquiera por unas horas. Una periplo que para el forastero resultaría difícil de completar sin dedicarle mucho tiempo y kilómetros  a su descubrimiento pero que, de este modo y gracias al conocimiento de los organizadores, se materializa sin mayores esfuerzos.

La logística se debe calificar igualmente de acertada. Mis temores sobre la acumulación de motos se esfumaron rápidamente en cuanto pude comprobar que, repartidas en el tiempo en el modo que se había hecho y a lo largo de tanta distancia, era posible rodar muchos kilómetros prácticamente en solitario si así se deseaba. La aglomeración inevitable se producía, claro está, en los puntos de control de paso que también lo eran para disfrutar de un refrigerio antes de continuar la marcha. Incluso en esas circunstancias los organizadores gestionaban el desafío con agilidad, sin largas esperas o retrasos que penalicen el desarrollo normal de la jornada.

En definitiva, el NavaRider Day es de esas experiencias que hay que vivir y no te las pueden contar. Por una cantidad ajustadísima de 67 euros se disfrutan todos los servicios de una organización entusiasta, amable y eficaz, incluyendo un excelente almuerzo en diferentes restaurantes concertados, una velada saboreando los deliciosos pinchos en el centro de Pamplona y un concierto que es la guinda para una jornada inolvidable.

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El recorrido no está exento de cierta exigencia que aporta ese toque de desafío que muchos buscan. Se puede realizar casi con cualquier motocicleta (todo el recorrido es por asfalto, no es necesaria una máquina de tipo trail) pero teniendo en cuenta que se pasarán largas horas sobre ella y se rodará sobre carreteras en las que un mínimo de rendimiento será bienvenido. Los organizadores prevén varios atajos para quienes decidan acortar el kilometraje total, conscientes de que para algunos quizá prefieran menos manillar y más conversación con los amigos…

Se trata de un evento creado por motoristas para motoristas y es algo que se aprecia en cada detalle. Si a este principio básico se añade el maravilloso escenario que representa Navarra, con la variedad y calidad de sus carreteras, una cultura y gastronomía excepcionales y unos paisajes de ensueño, la conclusión sólo puede ser una: hay que volver allí cuanto antes… y al NavaRider Day también.

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