Demagogia contra el diésel

Contaminacion

La demonización de los motores diésel puede tener consecuencias imprevisibles para la industria de la automoción. El desplome en la venta de coches de gasóleo es un indicador evidente de que los usuarios ya no confían en este combustible. Y la mayoría lo hace por el temor tanto a medidas restrictivas a la libre circulación de estos vehículos en entornos urbanos como por las dudas que siembran declaraciones altisonantes de algunos políticos. Así que lo que hasta hace muy poco era la panacea se ha transformado, de la noche a la mañana, en una tecnología obsoleta y casi maldita.

Siempre he pensado que las posiciones extremas resultan perniciosas. No voy a entrar en la obviedad que supone la obligada reducción de las emisiones contaminantes, especialmente en las grandes ciudades que sufren con crudeza sus efectos.  Eso ya nadie lo discute. Queda, otra evidencia, un largo camino por recorrer en tan mayúsculo desafío por lo que conviene afrontarlo paso a paso, con coherencia y sin alarmismos. Y con el gasóleo se están sacando las cosas de quicio, al menos en mi opinión…

No se debería trivializar con algo tan serio, tan trascendente para toda una industria y para la sociedad. Afirmar, sin más consideraciones, que el gasóleo debe desaparecer de inmediato porque sus efectos nocivos son inadmisible resulta un atrevimiento que además roza la condición de falsedad. Por supuesto que hay coches diésel que no deberían seguir circulando, pero desde luego que no son todos sino los más antiguos, precisamente los que copan el parque móvil español.

Los propulsores diésel emiten menos C02 que los de gasolina (motivo por el que se apostó por ellos de forma incondicional durante tantos años), sin embargo sus partículas sólidas y gases NOx (óxidos de nitrógeno) son en principio muy superiores. Simplificando, podemos decir que los primeros son especialmente perjudiciales para el medio ambiente, mientras que los segundos afectan más a la salud de las personas (las partículas sólidas como los benzopirenos son cancerígenos y se adhieren al sistema respiratorio).

Un escenario que se circunscribe a modelos obsoletos, por supuesto que no a los últimos que cumplen con las más recientes normativas Euro 5 y Euro 6. Las partículas de un diésel moderno son comparables a las de otro de gasolina a causa de las exigencias a las que se han visto sometidos los fabricantes y que se han traducido en la implementación de muy eficaces filtros que atrapan estos residuos y la inyección de urea (la cada día más popular marca comercial AdBlue) en la combustión para provocar una reacción química que reduce al mínimo esas emisiones.

Condenar, por tanto, como se está haciendo al diésel sin distinción supone una irresponsabilidad que imagino no ha sido valorada con precisión por quienes la comenten. Mientras que el proceso de electrificación del automóvil no sea una realidad palpable, mucho más consistente que lo que hoy conocemos, pretender sacar al gasóleo del mercado de los combustibles carece de sentido. Los esfuerzos se deberían focalizar, y con urgencia, de achatarrar todos aquellos vehículos que circulan por nuestras calles y carreteras con unos niveles contaminantes intolerables.

Un diésel moderno y ajustado a las exigencias de este nuevo escenario supone una opción perfectamente válida para muchos usuarios. Incentivar la renovación del parque y esforzarse por eliminar auténticas chimeneas sobre ruedas es la estrategia más efectiva (que no efectista) para reducir la contaminación, mucho más que pretender que en el corto plazo la movilidad individual se centralice en los vehículos eléctricos. Es un bonito mensaje pero tanto como irreal. Algo que, insisto, sólo puede denominarse demagogia. Y lo que hay en juego tiene tal calado que nadie debería escudarse en brindis al sol. La solución inmediata y efectiva es más sencilla (aunque costosa) de lo que nos quieren vender: simplemente los coches sucios no deberían seguir existiendo.

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