¿Quién se preocupa de la educación vial?

Me gustaría creer que los conductores de mañana van a ser mejores que los de hoy. Por desgracia, no lo tengo claro del todo. Cierto es que se avanzado de forma significativa en determinados aspectos, sin embargo sigue sin darse la trascendencia necesaria a la educación vial. En mi opinión, su importancia es tanta que debería ser una asignatura obligatoria en determinas etapas del ciclo formativo de niños o jóvenes. No voy ser tan atrevido como para desarrollar la fórmula, decir cuándo o cómo debería impartirse esta formación, carezco de conocimientos docentes para ello. Lo que sí que tengo clarísimo es que mucho antes de que los jóvenes forma parte activa del tráfico tendrían que estar bastante más preparados que en la actualidad.

Resulta una obviedad que los valores que se transmiten en esas edades tienen un calado indeleble en quienes los asimilan. No es suficiente con breves y puntuales experiencias formativas, deberíamos ser más ambiciosos en este sentido. Desde luego que cualquier acercamiento a la educación vial es mejor que nada, sólo que la trascendencia de lo que nos ocupa es tanta que habría que definir programas más completos, intensos y efectivos.

Y por supuesto que no me refiero con esto al aprendizaje de la propia conducción, pese a que en este sentido también se podría ser mucho más eficaz. Lo que se debería aprender ya desde la escuela es todo aquello que implica formar parte de un entorno tan complejo, y en ocasiones hostil, como el circulatorio. Cuestiones como la convivencia en armonía, la prudencia, la preocupación por el medio ambiente, el respeto a las normas, la valoración de los riesgos de la conducción… Conceptos a menudo directamente relacionados con la propia formación del individuo, que además deberían tener su aplicación en el escenario del tráfico.

Manejar un vehículo no deja de ser una tarea mecánica y repetitiva que se puede llegar a dominar (unos antes que otros) con el tiempo y la experiencia. La necesidad de formación va mucho más allá de eso, se trata de actitud y no de aptitud, de conciencia sobre lo que implica una actividad capaz de poner en peligro la vida de quien la realiza y quienes le rodean. Aleccionar a los niños, a los chavales, de que esto es así sería, en el medio y largo plazo, mucho más efectivo que otro tipo de campañas con enfoque intimidante.

Mi percepción es que hay jóvenes que conducen con más prudencia y respeto que anteriores generaciones (entre las que incluyo la mía), que son conscientes de los riesgos del alcohol o de la velocidad inadecuada. Sin embargo, también sigo encontrándome con otros muchos en la carretera que se alejan de este perfil: comenten excesos, ignoran las normas, desprecian al resto de los automovilistas y exhiben una infundada superioridad que se me antoja como una bomba de relojería.

No sabría decir sin son demasiados o sólo los inevitables, lo que sí sé es que se arriesgan a convertir su vida o la de sus familias en una tragedia. Y cada uno de esos casos cuenta, no se debería desfallecer en el esfuerzo de evitarlos aún más, persiguiendo ese objetivo quizá utópico de las cero víctimas en la carretera. Es ese camino, tan largo como tortuoso, en el que creo que la educación vial debería jugar un papel determinante. Jóvenes responsables y concienciados tendrán las mismas cualidades cuando se conviertan en conductores, algo que no se aprende en un par clases de educación vial sin planificación ni sentido. Dilatar esta necesidad es seguir mandado a la carretera a potenciales víctimas de accidentes, es la realidad nos guste o no. El desafío merecería ser tenido en cuenta con mayor seriedad de lo que lo hacemos…

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Sobre la firma

Raúl Romojaro

Una vida sobre ruedas. De piloto (malo) de motocross a periodista deportivo en Diario AS, incluyendo una década en los grandes premios de MotoGP. Apasionado de los coches y las motos, en más de 30 años he tenido el privilegio de probar unos cuantos cientos de unos y de otras. Ahora, subdirector en Prisa Motor. Fue en 1998 cuando cubrió su primera temporada en el Mundial de motos, con un debut tan exótico como el GP de Japón. Una tarea que compaginó con su trabajo diario en la sección de Motor de AS, junto a colaboraciones de producto en publicaciones como Semana o NewLook. A comienzos de los 90, el Grupo Semana lanzo dos revistas especializadas de periodicidad mensual, en colaboración con la editorial italiana Conti Motore. Nacieron así TOP AUTO y TOP MOTO, de las que fue subdirector hasta su incorporación a PRISA en 1996.

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