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Por qué una carretera recién asfaltada puede ser un peligro para tu coche

La gravilla que se mueve en la reparación de carreteras genera numerosos impactos en los parabrisas; el verano es el periodo en que más lunas se rompen.

parabrisas

La gravilla del asfalto se convierte en un peligro para los parabrisas.

Las carreteras se construyen con caídas hacia los laterales para que el agua de lluvia se lleve los restos de suciedad, pero el asfalto nunca está limpio. Siempre habrá elementos, más grandes o más pequeños, depositados en el suelo. Para tu coche, los más peligrosos son aquellos de determinado tamaño que caen de un camión o que pueden salir despedidos como proyectiles contra el parabrisas cuando el neumático del coche precedente los escupe.

Y basta que pesen unos gramos para que se conviertan en una amenaza. Los restos más frecuentes (y muchas veces los más peligrosos) son aquellos procedentes de la gravilla usada en las obras o de la descomposición del asfalto.

Resulta curioso: la construcción y la reparación de carreteras causa el mismo efecto que un mantenimiento defectuoso. Así lo constató un estudio realizado en Sudáfrica: la construcción de nuevas carreteras con motivo del Mundial de 2010 generó un notable aumento en el número de parabrisas dañados.

No obstante, las malas carreteras siempre son peores que las buenas. La obviedad viene refrendada por un estudio realizado por Carglass y el Real Automóvil Club de Cataluña (RACC), que percibió que las comunidades autónomas con más inversión por kilómetro tienen menor siniestralidad en los parabrisas.

La más mínima piedrecita puede desencadenar enormes fuerzas y acabar dejando el parabrisas herido de muerte. El ejemplo lo ofrece la Agencia Espacial Europea: un objeto de unas milésimas de milímetro chocó contra la Estación Espacial Internacional y causó un impacto de 7 milímetros de diámetro en un cristal ultrarresistente de cuatro capas de vidrio de borosilicato. La explicación es que el golpe se produjo a 34.500 km/h.

A 120 km/h, un resto de gravilla de poco más de un gramo que impacte contra el parabrisas de un coche (formado por dos capas de dos milímetros y un laminado de un milímetro entre ellas) genera un impacto de tamaño imprevisible (en torno a un centímetro) formado por microgrietas susceptibles de crecer.

Si esto ocurre, especialmente en verano o en invierno, el riesgo de rotura de la luna es elevado porque las temperaturas extremas y las diferencias térmicas (calor/aire acondicionado – frío/calefacción) generan grandes tensiones en los cristales.

Así pues, una ola de calor se convierte en un enemigo complicado para un parabrisas golpeado: en una prueba realizada por el Grupo Belron, el parabrisas fue calentado a 80º (temperatura que puede alcanzar fácilmente en un día soleado) con el interior del coche a 30º. Aunque el parabrisas no colapsó en ese momento, el impacto creció visiblemente.

En los experimentos realizados con una temperatura externa de -10ºC, el 81% por ciento de los parabrisas se rompió en menos de cinco minutos tras encender la calefacción. A -5º, esa tasa es del 70% e incluso a 0 ° C sigue siendo muy alta: un 59%.

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