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De los miliarios romanos al tratado de Viena: todo sobre las señales

La señalización de su red viaria fue una de las claves para la expansión del imperio romano y sin ella hoy tampoco sería posible la movilidad por carretera.

STOP

Los STOP son para eso: para detenerse por completo.

Pregunta de Trivial. ¿De dónde vienen las señales de tráfico? Pista uno: su gobernante era un emperador. Pista dos: se divertían en el circo con combates de gladiadores valientes y leones hambrientos. Pista tres: hablaban latín. Porque, en efecto, hay que remontarse a la antigua Roma para descubrir el origen de la señalización vial.

Olvídense, claro, de señales metálicas con formas triangulares pintadas en colores vistosos que se reflejan con la luz. Aquellas primitivas señales romanas tenían (obvio) forma de piedras cinceladas y pesaban centenares de kilos. Conocidas como miliarios, se trataba de enormes columnas cilíndricas de hasta cuatro metros de altura, muchas de ellas de granito, que servían de información en la extensa red de calzadas que atravesaban los caminos del Imperio.

Estos bloques se levantaban en distintos tramos e indicaban al viajero las millas a las que se situaba Roma, la capital imperial, o las direcciones a seguir y la distancia entre las ciudades que unía la vía donde se erigían. Los miliarios eran indispensables para orientar e informar a quienes transitaban por las rutas, bien a pie, a caballo o en carros. Precisamente estas calzadas romanas fueron claves para la rápida expansión de las fronteras imperiales: el Ejército y los comerciantes podían desplazarse con relativa facilidad a lo largo de los más de 100.000 kilómetros de los que constaba esta red de carreteras romanas, indispensable en la vertebración del Imperio.

Miliario

 

Aquella civilización desapareció, aunque permaneció su ingente legado cultural, miliarios incluidos. Y, pese a que los siglos se fueron sucediendo y la historia de la humanidad avanzaba, nada destacable ocurrió, en lo que a señalización viaria se refiere, hasta casi… ¡¡2.000 años después!! Porque fue a finales del siglo XIX, cuando ya se había inventado el automóvil, cuando comenzaron a instalarse en los caminos señales más o menos parecidas a las actuales. Aunque parezca increíble, durante siglos y siglos las señalizaciones fueron las mismas, o muy similares, a las que idearon los romanos: hitos de piedra con inscripciones o carteles de madera y hierro en los cruces de caminos.

Todo cambió con la aparición de los vehículos a motor. En 1895, el Club del Automóvil de Italia fue el primero en idear unas señales que advirtieran a los conductores para poder circular con cierta seguridad. El único problema: cada país tenía sus propios códigos visuales. Así que París acogió en 1908 el I Congreso Mundial de la Carretera, un evento que aún hoy se sigue celebrando. Solo un año después, nueve Estados europeos establecieron unos criterios comunes para garantizar la rápida comprensión y reconocimiento de las señales por parte de los usuarios en las vías públicas y adoptaron el uso de cuatro símbolos: curva, peligro, intersección y paso a nivel.

En 1949, cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial,  se unificaron en toda Europa el resto de señales. Capítulo aparte merece el caso de Estados Unidos, que desarrolló su propio sistema de señalización vial, aunque en 1960 comenzó a adoptar la simbología internacional. Fue ocho años más tarde (1968) cuando Naciones Unidas convocó la Conferencia de Viena sobre el Tráfico de Carreteras, para estandarizar las señales y normas de circulación en buena parte del planeta. Más de cincuenta países (todos los europeos, gran parte de los asiáticos y un buen número de africanos) han suscrito este tratado que define la señalización vial en casi todo el mundo.

En los últimos años, la tecnología ha llegado también al ámbito de la señalización vial: señales que funcionan con conexión a Internet, otras que se activan con energía solar, hologramas con láser… pero esto queda ya muy lejos de aquellos locos romanos.

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