Conducir

Por qué apagas la radio cuando vas a aparcar (y haces bien)

Ajustar siempre los espejos o el asiento antes de arrancar, comprobar tres veces que has cerrado el coche… Manías y conductas habituales explicadas por un psicólogo.

manías

Para llevar a cabo algunas maniobras, el cerebro necesita concentración plena.

Se cuentan por docenas. Y están tan integradas en la rutina que se hacen de forma mecánica, automática, sin pensar. Toca examen de conciencia: ¿cuáles son tus manías en el coche? Conducir agarrado a la palanca de cambios, con el codo apoyado en la ventanilla, con el pie sobre el embrague; revisar si el coche ha quedado cerrado puerta por puerta; inclinar el cuerpo hacia delante cuando se acelera…

Son pequeñas manías que dicen más de nosotros de lo que pudiera parecer; hábitos más o menos absurdos, más o menos tediosos o que buscan la comodidad en la conducción. Aunque conviene saber si tienen un trasfondo psicológico y también saber si, llegado a cierto extremo, es necesario preocuparse. El psicólogo Ignacio Calvo, especializado en terapias conductivo-conductuales y en seguridad vial, responde.

“Cuando comenzamos a conducir y desarrollamos nuestro propio estilo, tendemos a automatizar la conducción haciendo que esta pase a un segundo plano, lo cual resulta positivo”, comienza el experto, y completa: “Sin embargo, esto nos lleva a adoptar ciertos ‘vicios’ que buscan fomentar la comodidad, pero que pueden acabar condicionando nuestra seguridad”.

Por esa razón, alerta: algunas de estas manías pueden resultar peligrosas y, no en vano, son objeto de multas y sanciones. “La manera de coger el volante, ir agarrados a la palanca de cambios, sacar la mano por la ventanilla, conducir demasiado reclinados hacia delante… todos son meros vicios relacionados con la comodidad, pero que debemos desterrar si ponen en juego la conducción segura”, afirma Calvo.

¿Y qué hay de los ‘vicios’ relacionados con la atención? Son una respuesta lógica del cerebro, que desactiva el ‘piloto automático’ de la conducción al entender que debe concentrarse en mayor medida. Por eso, empuja a eliminar cualquier otro estímulo que interfiera en lo que se pretende: quitar la radio cuando se busca aparcamiento e imponer un silencio sepulcral en el coche, haciendo callar a los niños, agarrar con fuerza el volante cuando hemos estado a punto de colisionar con el coche de delante, focalizar la atención en el espejo retrovisor cuando llevamos a otro coche detrás demasiado pegado al nuestro…

“Cuando consideramos que podemos correr algún peligro o que necesitamos estar más concentrados que en la conducción normal, nuestra atención tiende a centrarse más en algunos puntos concretos”, repasa el psicólogo. Por eso, en según qué momentos, nuestra mente nos exige que focalicemos los cinco sentidos en aquello que estamos haciendo.

Otra vertiente es la vinculada a la protección. Personas concienzudas, metódicas o autoexigentes pueden desarrollar otro abanico de pequeñas manías como los rituales de chequeo de los espejos, de la distancia del volante, de la posición del asiento, del ajuste correcto del cinturón… “Todos entrarían en el catálogo de medidas de seguridad, aunque si el conductor no puede evitar hacerlas cuando él es único usuario del coche, quizá se esté revelando un patrón de reaseguración innecesario y suponga una alerta sobre algo más grave”, sostiene Calvo. Porque una cosa son manías y otra, distinta y más preocupante, obsesiones.

¿CUÁNDO SE CONVIERTE EN UN PROBLEMA?

Sencillo: “El hecho de que el conductor no puede salir, llevando prisa, sin realizar su ritual, podría indicar que está asociando su seguridad más a ello que a su propia confianza como conductor”, afirma el psicólogo. Porque las manías no son malas en sí mismas, explica, pero debemos diferenciar entre estas y las obsesiones. “Cuando esos ritos se vuelven obligatorios, cuando nos es imposible alejarnos del coche sin comprobar varias veces si lo hemos cerrado, si hemos apagado las luces o si hemos echado el freno de mano, podemos hablar de obsesión”, continúa.

Y ocurre lo mismo cuando esa incertidumbre nos genera demasiada ansiedad. Eso, por no hablar de liturgias fruto de la asociación de ideas como, por ejemplo, tirar del cinturón de seguridad en cada semáforo para cerciorarnos de que sigue bien anclado. “Entonces, podríamos estar contemplando un trastorno obsesivo compulsivo”, constata Calvo.

Y entonces sí, comienzan los problemas. Porque para las manías simples basta con “hacerlas de forma consciente y tratar de corregirlas”, aconseja Calvo. Pero para las obsesiones y rituales sí conviene ponerse en manos de un psicólogo especializado en trastornos de esta índole.


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