La terrible lacra de las distracciones

Móvil

Distraerse al volante puede tener consecuencias fatales.

En este año que ahora termina habrán muerto en las carreteras españolas más personas que en 2016 (ya es así desde hace unas semanas). Las estadísticas pueden resultar frías, pero esta sobre todo es terrible. Cualquier tendencia al alza de tales cifras se traduce en tragedias personales, familiares y sociales. Simplificar la cuestión me parece un atrevimiento, son muchos y variados los factores que influyen en el incremento de la siniestralidad en el tráfico.

Algunos expertos hablan del pésimo estado de la red vial; otros del agotamiento del modelo del carnet por puntos; algunos ponen el dedo en la llaga de la educación vial. Creo que todos atesoran su cuota de razón, insisto en que son diversas las causas que influyen en esta lacra a la que nadie es ajeno. Sin embargo, personalmente me escandaliza sobremanera el grado de distracción que se puede observar entre los automovilistas, ante todo por la atención que, de forma constante e ineludible, parecen reclamar las múltiples posibilidades de los dispositivos móviles.

No es la primera vez que me refiero a este problema, aunque en los últimos tiempos me parece cada día más alarmante, quizá mi intolerancia con el asunto va creciendo poco a poco. Lo indiscutible es que no se trata de una percepción personal, un reciente estudio del Real Automóvil Club de España (RACE) desvela que el 80% de los conductores reconoce ir distraído en sus desplazamientos cotidianos. Se refieren las conclusiones del informe a la forma en la que las preocupaciones o el estado ánimo afectan a la conducción, a lo que habría que sumar la gravísima pérdida de atención que supone estar pendiente ya no de una llamada telefónica (que también), sino del WhatsApp, del correo electrónico, del navegador, de la música o de cualquier otra aplicación.

Atención al volante

El mal menor son las frecuentes colisiones en los atascos, provocadas por las distracciones de conductores más pendientes de su teléfono que del movimiento de la caravana de vehículos. Incidentes leves que empeoran de forma sustancial el propio tráfico pero que, desde luego, carecen de la trascendencia de otras situaciones mucho más serias: salidas de la vía, colisiones contra motoristas, atropellos de peatones… Lo más irritante del asunto, bajo mi perspectiva, es que son todavía muchísimos los que no le conceden la más mínima importancia a la cuestión, ignorando las consecuencias irreparables en las que puede derivar semejante irresponsabilidad.

No pretendo focalizar la atención en este problema concreto, por muy evidente que resulte. Sólo un plan integral, ambicioso y consensuado tendría la efectividad deseable para frenar esta auténtica epidemia de pérdida de vidas en el asfalto. Únicamente me refiero a la cuestión de las distracciones porque pienso que es una de las más sencillas de controlar… y de atajar. Asumo que serán muchos los que no compartan mi opinión pero diría que sólo un endurecimiento significativo de las sanciones y penas puede tener un efecto inmediato en la disminución de estos hábitos letales. Argumento que ya esgrimí cuando me referí, en este mismo espacio, a la convivencia entre automóviles y bicicletas en la calzada.

Por supuesto que abogo tanto por la educación como por la concienciación, aunque por la seriedad del asunto diría que exige medidas más contundentes y eficaces. Podemos seguir pensando que todos seremos conscientes algún día de que usar el móvil mientras conducimos es tan peligroso como hacerlo bajo los efectos del alcohol o las drogas, pero mientras que eso ocurre el peaje a pagar seguirá siendo dejar cadáveres en la carretera. Y cualquiera de nosotros puede ser el siguiente

Sobre la firma

Una vida sobre ruedas. De piloto (malo) de motocross a periodista deportivo en Diario AS, incluyendo una década en los grandes premios de MotoGP. Apasionado de los coches y las motos, en más de 30 años he tenido el privilegio de probar unos cuantos cientos de unos y de otras. Ahora, redactor jefe en Prisa Motor.

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