¿Tiene sentido que los coches eléctricos sean tan potentes?

Taycan

El Porsche Taycan promete más de 600 Cv de potencia. / Porsche

La ofensiva de las marcas de automoción para electrificar sus gamas resulta imparable e inevitable. Su necesidad de reducir las emisiones contaminantes medias pasa necesariamente por una apuesta que, desde luego, va mucho más allá. Se trata de la descarbonización de la movilidad, un nuevo paradigma en el que el coche eléctrico tiene el papel protagonista e irá tomando posiciones en el mercado con enorme solvencia en los próximos años.

Los lanzamientos de propuestas atractivas se van sucediendo poco a poco y 2020 puede ser un gran año para el crecimiento de la oferta real de vehículos sin emisiones. De tipologías muy variadas y buscando satisfacer exigencias o necesidades tan distintas como los habituales de los automóviles de combustión. Desde los SUV de moda a deportivos de altas prestaciones, pasando por modelo compactos y, por supuesto, pequeños urbanos.

Una circunstancia que me resulta llamativa o curiosa al respecto es el rendimiento de estos motores sin emisiones. No me refiero a los más de 1.000 CV que pueden llegar a entregar los supercoches que se van sumando a esta tecnología, me parece más reseñable que modelos que apuntan a otro tipo de usuario también se encuentren inmersos en una escalada de potencia que quizá resulte poco coherente en el entorno de movilidad al que nos dirigimos inexorablemente.

Un utilitario como el nuevo Mini Cooper SE llega a los 184 CV, el todocamino Model X de Tesla se vende en versiones que superan los 600 CV y las esperadas propuestas de fabricantes del prestigio de Audi o Mercedes-Benz están por encima de los 400 CV. Por supuesto que cada uno de estos fabricantes (excepto Tesla) cuentan en sus catálogos vehículos de combustión que mejoran estos datos, pero mis dudas se argumentan sobre la idoneidad de llegar a tales niveles en modelos en los que debería primar la eficiencia y que sirven de paradigma de una forma diferente de entender la industria del automóvil.

Mini

Cooper SE, el primer Mini 100% de la historia. / Mini

¿Para qué sirven 200 CV en un coche ideado para moverse por la ciudad? ¿Hacen falta 400 CV para viajar a buen ritmo por carretera? El consumo eléctrico de estos propulsores tan contundentes es superior, lógicamente, al de otros con un rendimiento más limitado. Así que, ¿por qué llevar a tales extremos el rendimiento si lo que se persigue es la máxima eficiencia, el ahorro de energía provenga de donde provenga? Con sinceridad me parece que la estrategia de las marcas está equivocada en este aspecto.

Proceda o no de fuentes renovables, la energía debe considerarse como un bien tan valioso como escaso, así que desperdiciarla con semejantes alardes diría que se aleja de forma indiscutible del principio de sostenibilidad que se persigue. Al igual que ocurre con cualquier coche convencional, si un comprador dispone de una motorización de 200 CV y no otra de 125 CV se entiende que utilizará esa capacidad en determinadas circunstancias, en concepto de aceleración o velocidad. Una decisión respetable, no lo pongo en duda, pero insisto que quizá poco alineada con los principios básicos del discurso que se está transmitiendo tanto desde los legisladores como los fabricantes.

Son ya muchos a quienes les parece escandaloso e inaceptable (por no decir inmoral), un deportivo con motor V10, de cinco litros de cubicaje, 620 CV de potencia y unas emisiones de CO2 de casi 300 gramos por kilómetros. Admitiendo de nuevo que es una postura comprensible se comparta o no, quizá por las mismas razones deberíamos empezar a cuestionarnos si es razonable el derroche de energía eléctrica de los modelos que van incorporándose al mercado.

No saldrán por sus escapes todas esas sustancias que tanto perjudican a las personas y al planeta, pero considerar que la electricidad no tiene coste, en todos los sentidos, para el medio ambiente se me antoja un error del que también nos podremos arrepentir en el futuro. Si la dirección en la que avanza la movilidad es una y bien definida, que se asuma con todas las consecuencias desde la génesis de estas era revolucionaria.

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