La DGT debe dar un paso al frente con las distracciones al volante

Móvil en coche

Asumo que el argumento que esgrimiré en estas líneas puede resultar recurrente, no es la primera vez que me refiero al asunto en este mismo espacio. La cuestión, sin embargo, se me antoja de tanta importancia que prefiero excederme en su tratamiento antes que rendirme en una cruzada que debería ser de todos. En mi opinión, las distracciones al volante son la principal lacra de la seguridad vial en la actualidad, por encima de la velocidad inapropiada e incluso el consumo de alcohol y drogas, que aun siendo también de enorme importancia las considero menos extendidas que el uso irresponsable de dispositivos móviles mientras se conduce.

Por supuesto que podemos seguir encontrando automovilistas pasados de copas (uno de ellos ya es demasiado) y es verdad que algunos siguen circulando a 180 km/h. Pero incuestionablemente son hoy muchos menos que esa auténtica legión que siguen sus redes sociales, envían mensajes de WhatsApp, revisan el mail e incluso se entretienen con vídeos de YouTube mientras tienen entre manos una máquina capaz de matar. Cualquier día, a cualquier hora y en cualquier vía tan sólo es necesario prestar una mínima atención a las maniobras o comportamientos de los vehículos para comprobar que quien lo maneja está a otras muchas cosas antes que a la conducción.

En esta época del año, debo reconocerlo, me siento especialmente sensible e irritable con el asunto, porque me muevo en moto más que en coche. No quiero decir que no me preocupe semejante irresponsabilidad cuando viajo en automóvil, por supuesto, únicamente mi percepción del riesgo ante el despiste de un tercero es diferente en uno u otro caso: de un golpe de chapa a una caída de consecuencias impredecibles. Además, desde una moto es bastante más sencillo percatarse de la cantidad de tarugos que apartan la vista de la carretera durante muchos segundos para atender su móvil.

Insisto en que es un problema de todos, todos nos vemos afectados y todos somos responsables. Dicho esto, también creo que ha llegado el momento de que la DGT pase de la palabrería a la acción, dé un paso al frente y busque soluciones tan inmediatas como contundentes. La obviedad del asunto es tal que no hay lugar ya para debates, especulaciones o medias tintas. Pere Navarro se vuelve a poner al frente del organismo que legisla sobre el tráfico en este país y ha señalado las distracciones como uno de las prioridades de su dirección general, espero que realmente sea así.

La efectividad de las medidas pasaría por un planteamiento global de la problemática, incluyendo desde luego la educación vial y las campañas de concienciación ciudadana. Sin embargo, en mi opinión, la gravedad del asunto es tal que sólo el endurecimiento de las sanciones surtirá el efecto deseado con inmediatez entre los automovilistas, junto con una vigilancia mucho más estricta de unos hábitos que se extienden como una epidemia entre los conductores, incluyendo el agravante de que los más jóvenes son también los más sensibles a este contagio letal, con el riesgo de perpetuar la situación. Si se debe invertir en medios de vigilancia (yo no dudaría en recurrir a una flota de vehículos camuflados), adelante, será un dinero espléndidamente gastado y con un retorno positivo en términos de reducción de víctimas y heridos en accidente, con su consiguiente coste humano y económico.

Las sanciones deberían alcanzar la categoría de ejemplarizantes e intimidadoras, por muy crudo que resulte expresarlo así. Multas capaces de conseguir que un conductor se lo piense dos veces antes de leer sus mensajes o distraerse tuiteando. Y deben afectar al bolsillo tanto como al derecho a conducir, partiendo de la base que éste se otorga desde un comportamiento cívico y responsable. Si son 500 euros y seis puntos del carnet, que sean. No creo que el buenismo suponga ahora un recurso aceptable para la importancia del problema, que afecta de forma directa y más sería a esos colectivos vulnerables a los que tanto se busca proteger. Pues hagámoslo desde el convencimiento de que ha llegado la hora de cambiar de estrategia, todo lo anterior, a la vista está, ha sido inútil por completo.

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