Motos

Alberto García-Alix: “Bebía como un cosaco, pero siempre llevaba casco”

El fotógrafo acaba de recibir la medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, reconocimiento que invita a recuperar esta entrevista en la que relata sus experiencias sobre su otra gran pasión, las motocicletas.

García-Alix

Dos pasiones guían su vida: las motos y la fotografía. / Jacobo Medrano

Dos motos reclaman la atención justo al cruzar el umbral de la puerta de su estudio. En plena entrada, una Harley-Davidson Dyna de color blanco; más al fondo, una Triumph Street Triple, negra y poderosa. Son las reinas de un espacio abarrotado de libros, cajas, ordenadores y algunas cámaras. Un mono de cuero cuelga de una columna y por las esquinas también asoman los perfiles de varios cascos. La pasión de Alberto García-Alix (León, 1956) por las motos no es desde luego clandestina, se encuentra omnipresente en la vida y también en la obra del Premio Nacional de Fotografía de 1999, que diez años después acaba de recibir la medalla de oro al Mérito en las bellas artes.

Habla de ellas con entusiasmo, con devoción. Su voz, ahora más profunda que nunca, matiza las sensaciones de casi medio siglo subido en máquinas de dos ruedas con motor. Desde niño intuyó que serían algo único para él y lo recuerda con la claridad de las emociones que dejan huella para siempre: «Mi abuelo nos regaló a todos los nietos unas entradas para ir a ver una de las primeras carreras en el Jarama. Debía ser 1968 y para mí fue como una especie de shock. Empecé a comprar todas las revistas de motos que había, españolas como Motociclismo y otras francesas, aunque no eran fáciles de conseguir».

Un virus que contagió a buena parte de la familia: «Para todos los hermanos aquella carrera fue un descubrimiento y empezamos a pedir una moto en casa. Mi padre era médico y las odiaba, no quería ninguna cerca y siempre nos decía que nos iba a llevar al hospital de parapléjicos de Toledo para que viéramos lo que eran las motos. Pero el caso es que tres bocas pidiendo motos –éramos cuatro hermanos pero el más pequeño aún no estaba en aquel lío– fue demasiado y al final nos compró una para el verano, una Ducati MT de 50 amarilla. Y con ella también entró la discordia en casa, los tres la queríamos montar a todas horas».

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García-Alix sobre una motocicleta Triumph, una de sus preferidas. / Jacobo Medrano

La adolescencia fue el caldo de cultivo ideal para que García-Alix convirtiera esa fijación en una cuestión vital: «La moto fue mi primera gran pasión, mucho antes que la fotografía… e incluso las mujeres. Seguíamos todas las carreras. He visto correr a los grandes pilotos españoles. Santiago Herrero era nuestro favorito y recuerdo que cuando se mató, en mi casa fue un auténtico duelo. Todos los niños llorando porque había muerto».

Le gustaba ir en moto y también verlas en los circuitos: «Poco después, conseguí una Derbi Antorcha 50 Tricampeona para mí. Le puse un depósito especial, un colín de la marca Puig, unos semimanillares y un tubarro. Teníamos el cerebro empapado de gasolina y eso es ya para toda la vida. Por eso sigo desde entonces las carreras, ni ahora me pierdo una. Yo soy muy de Jorge Lorenzo, me parece que es un chaval que ha luchado contra todo y es rápido como un demonio».

Valora con tal devoción el talento de los pilotos porque él también lo llegó a ser durante unos meses: «Mi hermano Alfredo empezó a correr en motocross, con una Bultaco Pursang MK6. Mis padres me prometieron que si aprobaba me comprarían también otra; yo quería una Yamaha de carreras, una TZ que entonces ni había en España… Era un sueño imposible y al final me tocó otra Pursang, una MK5 de segunda mano. Y con esa moto corrí tres carreras en 1974, Alfredo competía en todas y yo hice solo aquéllas. Recuerdo que corríamos en un circuito en Torrejón de Ardoz, en la base americana; una vez al mes hacían una carrera y era algo especial, los militares ponían al borde del circuito sus coches, se sentaban en sillas plegables a beber cerveza y si te veían pasar lento, te tiraban la lata».

Cara a cara con la tragedia

Alberto García-Alix sabe bien que la moto no solo es disfrute y diversión. Conoce el riesgo y el dolor, incluso la tragedia que descubrió muy pronto: «Mi hermano tenía un íntimo amigo que se llamaba Beto Conti; era bueno en motocross y Montesa le hizo un contrato profesional. En la segunda o tercera carrera de aquel año tuvo una caída en un salto peligroso y se mató, se reventó por dentro. Fue un drama en casa, mi hermano sufrió mucho, fue la primera vez que veíamos una muerte en directo, teníamos solo 18 años».

Entre carreras y los primeros escarceos con la fotografía llegó el momento de afrontar una vida ya como adulto: «Dejé la universidad y me independicé, me marché de la casa de mis padres y tuve que vender la Pursang, el motor por un lado y el chasis por otro. En esa época no tuve moto, solo podía moverme con Vespinos. La verdad es que los conseguía de una manera no muy legal, las cosas claras, ahora ya puedo decirlo, supongo…».

Fue, claro, algo transitorio porque la moto era ya algo inherente a su propia existencia, no la concebía de otro modo. Y así fue como se consumó una relación con las Harley-Davidson que perdura hasta hoy: «Desde el año 76 estaba obsesionado con las Harley. A mí me gustaban al principio las Norton y las Triumph, pero en un viaje a Amsterdam dormí una noche cerca de un bar de los Hells Angels y, por la mañana, empezaron a llegar los moteros y yo me quedé atrapado por aquellas máquinas. Desde ese instante quise tener una Harley y no fue hasta 1984 cuando conseguí una de tipo cafe racer. Me la regaló Ana Curra, yo entonces no tenía dinero suficiente; después yo le compré a ella una Yamaha 250, la compensé por aquel esfuerzo. Todavía conservo esa moto, sigo viajando con ella, era un modelo diseñado por Willy G. Davidson, una máquina maravillosa que se exportó a Londres y de allí llego a España».

Con una moto ya grande de verdad empezaron los viajes de esa misma categoría, en unas circunstancias que serían impensables a día de hoy: «Mi hermano tenía una BMW. Yo la usaba en ocasiones, aunque la verdad es que no tenía carné de conducir, las cosas eran diferentes por entonces y hasta que me compré la Harley no me lo saqué. Eso sí, siempre usaba casco, lo tenía muy claro, ya había visto algunos muertos. En aquellos años bebía como un cosaco, a todas horas, viajaba pedo por toda España, y me prometí a mí mismo que jamás dejaría de utilizarlo».

Con casco, sí, pero no siempre en las mejores condiciones para montar en moto y con muchos kilómetros de carretera cada año. Así que constató aquello de las dos clases de motoristas, los que se han caído… y los que se van a caer: «He tenido bastantes accidentes, me he roto el brazo, tengo el derecho con una placa y siete tornillos… Caídas en moto siempre se tienen, yo he tenido muchas. Ahora ya no, por fortuna, porque los huesos no son los mismos que antes. Por eso ya no voy con esa Triumph [señala a la moto negra que ocupa un lugar destacado en su estudio] del mismo modo que cuando la compré, iba muy rápido, en aquellos años se podía, no había radares como ahora. Aunque yo no creo que la velocidad en sí misma sea el problema, con una moto de este estilo yendo rápido vas más controlado que en otras muchas circunstancias».

Habla de velocidad y accidentes, argumentos contundentes para lanzar una reivindicación que defiende con seriedad, su tono cambia porque el asunto lo merece: «Lo que me parece una injusticia, y lo digo claramente, es que no haya responsabilidad del Estado en los accidentes de los motoristas. A nosotros nos piden mucho pero ellos no dan nada, puedes encontrarte un bache en plena curva, gasolineras con entradas sin asfaltar o guardarraíles que son cuchillas pero si te matas, no pasa nada… Muchos accidentes son responsabilidad del Estado y deberían asumirla».

Solo sobre dos ruedas

Tantas sensaciones, tantas horas subido en una moto tienen la paradoja de ser completamente ajenas a otro tipo de vehículos: «Yo no sé conducir un coche, nunca lo he hecho. Imagino que yendo toda la vida en moto sabría, pero no he tenido interés por ellos. Es ahora cuando empiezo a tenerlo, con 60 años me gustaría tener una furgoneta para llevar mi Derbi 50 de carreras, es una réplica más preparada de aquella primera que tuve… Y también empiezo a notar el paso de los años, hace poco hice un viaje de 240 kilómetros de ida y otros tanto de vuelta y cuando dejé la Harley tenía tendinitis en los brazos».

No se lamenta en absoluto de su edad. Ha vivido con intensidad, disfrutando en lo personal y en lo profesional. Asume el paso del tiempo pero espera seguir adelante con su pasión mientras el cuerpo aguante: «La moto rejuvenece. Para mí la moto es la vida. Sigo sin entender cuando la gente me pregunta por qué sigo yendo en moto, por qué viajo de esa manera a mis 60 tacos… Me sorprende porque yo soy feliz, la moto es una maravilla, voy con ella más contento que de cualquier otro modo. Sé que el tiempo pasa pero yo quiero seguir montando en moto. Ahora me planteo comprarme una Harley más cómoda, con otra postura y más espacio para mis cámaras, pero siempre, siempre subido en una moto«.

Conserva varias de las motocicletas que va comprando porque son mucho más que simples objetos. Y su devoción por las fabricadas en Milwaukee permanece inalterada, aunque también ha cometido algunas infidelidades: «Las Harley me siguen encantando. Después de la primera que me compré, y que sigo teniendo, me hice con una Sportster 1200, que acabó destrozada debajo de un coche en una caída, y más tarde, una Softail a la que le quité todo. A esa moto le hice 200.000 kilómetros en diez años y siempre fue perfecta. Estaba encantado con ella… hasta que me enamoré. No de una mujer sino de esa Triumph Speed Triple. Me paré en el escaparate a verla, salió el dueño y me preguntó si me gustaba; le dije que me encantaba, claro, y para mi sorpresa me ofreció cambiármela por la Softail, poniendo yo algo de dinero. Solo me pidió que firmara el depósito, entonces ya era conocido, así que escribí ‘Adiós Gordita’ y allí se quedó».

Esa moto inglesa representaba la tentación de la velocidad: «Me encantaba la Triumph y además tenía el deseo de ver los 200 km/h en el velocímetro y esta moto los hace, con la Harley es imposible. Y lo alucinante es que a esa velocidad la moto va aplomada, vas con seguridad».

García-Alix Jacobo Medrano

Viajar es parte ineludible de la experiencia sobre la moto para García-Alix, ya sea por devoción o por obligación. La carretera le atrapa: «El viaje que más recuerdo de todos los que he hecho fue a la Isla de Man. Fui a hacer un reportaje para El País Semanal, convencí a Alberto Anaut de que me dejara contar lo que es el Tourist Trophy. No sabía lo que era, le llevé mucha documentación y me lo autorizó. Viajé hasta allí con mi Harley, estuvimos en la milla 13 donde se mató Santi Herrero. Fue un viaje interesantísimo para mí, había alimentado toda mi juventud con aquella carrera y allí estaba yo».

Y por supuesto, las motos siempre le han acompañado en las diferentes etapas de su periplo profesional: «Me fui a vivir a París y me llevé la moto, fue lo único que trasladé desde Madrid. Mi Harley la usaba una chica parisina que me eché de novia y montaba. Lo que pasa es que me daba miedo que me la robaran en la calle, siempre me encontraba notas en ella diciéndome que me la compraban, era muy golosa para dejarla en una acera. Los franceses saben mucho de motos y la mía les gustaba».

Su equipo de carreras

Otra aventura apasionante que García-Alix rememora con especial intensidad fue la estructura de competición que organizó para el Campeonato de España de Velocidad: «Monté un equipo de carreras, el Pura Vida Racing Team, por una propuesta de mi buen amigo el periodista César Agüí. Me dijo que un preparador de Valladolid tenía una Ducati 851 y no podía hacerla correr por falta de dinero. Me fascinó escuchar el nombre de Ducati, así que le dije: ‘¿Y si pongo yo el dinero?’ Se lo preguntamos al dueño de la moto y conseguí que cien amigos pusieran 10.000 pesetas (unos 60 euros) para que César corriera aquella temporada. Fue una experiencia maravillosa, dos años inolvidables en los que viajé a los circuitos de España. El segundo año ya tuvimos un patrocinador y corrimos con David Vázquez como piloto, que hizo grandes resultados, nos dio muchos días de gloria».

Ese interés por las carreras parece razonable que pudiera tener un reflejo en su obra fotográfica, aunque los condicionantes son muchos: «No hago fotos en las carreras, no es que no me llame la atención pero creo que es difícil que me dejen trabajar en un circuito como a mí me gustaría. Si pudiera entrar en un box y decirle a un piloto ‘te voy a hacer un retrato, necesito que estés ahí quince minutos’, lo haría encantado».

Hablando de carreras, no podía pasar por alto uno de los mayores fenómenos de los últimos tiempos, la gran estrella del universo de MotoGP: «Márquez es un genio, valiente, con un dominio de la situación que no te puedes creer. Tiene además un carisma que me recuerda a Víctor Palomo, otro piloto único y también con enorme valor. Su única opción era darle al gas todo lo que podía».

Objeto artístico 

Seguimos con su otra gran pasión, la fotografía. A una y a otra parece enganchado con esa intensidad que solo llegan a mostrar los espíritus más auténticos, los más libres y ajenos a los condicionantes: «En mi vida siempre he ido con una cámara a todos lados». Una presencia en su obra desde los inicios hasta la publicación de un libro temático: «Editamos Moto, que se divide en dos partes. La inicial recoge la época que yo denomino naturista, con las fotos de mis primeros años en moto; la segunda, es un trabajo que llevo haciendo dos años y que se basa en ver la moto de otra manera, como una metáfora, haciendo fotos que resuman las sensaciones, la velocidad. Me interesa el sueño que representa, hacer de la moto un juguete, transmitir el alma de circo que para mí siempre han tenido, incluyendo las carreras. Busco sombras para construir motoristas sin cabeza, es un juego que debo encontrar mentalmente y es apasionante».

El universo de la moto es tan amplio y el protagonista lo vive con tanta intensidad que un asunto lleva al otro, para enlazar con el siguiente y regresar al primero. Para Alberto García-Alix el tópico de un estilo de vida deja de serlo porque es auténtico, genuino y tan fijado en su memoria y existencia como los tatuajes que marcan su piel: «La moto es la moto, si te gusta pues ya está. No me van nada los ortodoxos, los puristas no me importan en absoluto. Cada uno vive la moto de la manera que quiere, yo no soy de pasearse por la terrazas; los motoristas de bulevar existen y, aunque yo no lo comparta, lo respeto si es lo que quieren. A mí en realidad me da igual el tipo de moto, he montado en Vespino como ahora lo hago en Harley, me gustan todas y lo único que quiero es disfrutar con ellas. La moto es lúdica, a mí me gusta per se, antes de ir andando voy en un escúter si hace falta, todo lo que se mueve y lleva gasolina mola. Lo que no me gustan son las tendencias pero las motos, siempre».

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