La alta diplomacia internacional también se mide en toneladas de acero, cristales a prueba de misiles y tecnología militar de incógnito. Tras concluir la reciente visita de Estado en Washington entre el presidente estadounidense Donald Trump y el líder supremo chino Xi Jinping, los focos mediáticos apuntaron tanto a los acuerdos bilaterales como al despliegue de seguridad sobre el asfalto.
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El mandatario chino no cruzó el Atlántico en un coche de alquiler; hizo viajar consigo a la máxima expresión de la industria del motor de su país: la limusina Hongqi N701. El cara a cara rodante entre el vehículo de la Casa Blanca y el del Estado chino ha escenificado la rivalidad tecnológica entre ambas potencias.

Al igual que al Cadillac One fabricado por General Motors se le bautizó popularmente como The Beast (‘La Bestia’), el buque insignia del régimen chino también presume de un sobrenombre legendario, aunque en su caso hace referencia directa a las siglas de su creador.
La firma encargada de producir este acorazado es Hongqi, la división de superlujo del gigante estatal FAW que, desde 1958, suministra los coches oficiales de alta representación para los jerarcas del gobernante Partido Comunista. Su traducción directa del mandarín lo dice todo: bandera roja.

Dos filosofías militares sobre el asfalto
Con respecto a la ingeniería, ambos vehículos abordan la protección extrema desde prismas conceptuales radicalmente distintos. ‘La Bestia’ estadounidense es, en la práctica, un tanque disfrazado de berlina. General Motors concibió este modelo sobre una plataforma industrial pesada, elevando la longitud del coche hasta los 5,5 metros y su altura a unos imponentes 1,78 metros.
Bajo el capó, un motor V8 biturbo de 300 CV lidia con una masa monstruosa que alcanza los 9.000 kilos. Esa descomunal masa limita su velocidad máxima a unos modestos 100 km/h, pero le otorga un nivel de supervivencia ante ataques químicos, granadas antitanque o fuego de misiles portátiles Stinger que no tiene parangón conocido.

Por su parte, el Hongqi N701 del presidente chino juega en una liga donde la altísima seguridad se camufla tras las líneas de una berlina de gran representación. Con más de 5,5 metros de longitud y llantas de 21 pulgadas enfundadas en neumáticos a prueba de balas, sus detalles técnicos exactos permanecen blindados bajo la categoría de secreto de Estado.
Sin embargo, fuentes del sector apuntan a un abanico mecánico que abarca desde motores V6 y V8 turboalimentados hasta el icónico bloque V12 que ya montaba el Hongqi L5, conocido popularmente en los mercados orientales como el ‘Rolls-Royce chino’.

Tecnología confidencial y cápsulas herméticas
Si las puertas del Cadillac cuentan con un grosor e inercia comparables a las de un Boeing 747, el Hongqi N701 responde con una arquitectura de protección capaz de digerir impactos de granadas y explosivos de baja intensidad en sus bajos.
Los dos habitáculos están completamente sellados contra ataques químicos o biológicos, disponiendo de sistemas independientes de regeneración de oxígeno y enlaces de telecomunicaciones cifradas por satélite para mantener la operatividad del mando militar en cualquier circunstancia.

Sin embargo, donde Estados Unidos apuesta por la contundencia defensiva del armamento a bordo (equipando lanzadores de cortinas de humo, cámaras de visión nocturna y depósitos de sangre del mismo grupo sanguíneo del presidente), la limusina china proyecta sofisticación tecnológica.
Con un coste aproximado de seis millones de euros por unidad, el Hongqi N701 actúa como el escaparate rodante del poderío económico e industrial de Pekín, frente a los casi 18 millones de euros del contrato plurianual adjudicado a General Motors para la flota del Servicio Secreto.

El veredicto sobre el asfalto
La comitiva que acompañó a Xi Jinping por Washington dejó una estampa histórica: la silueta sobria y majestuosa del ‘Bandera Roja’ abriéndose paso entre la escolta de Chevrolet Suburban y Cadillac Escalade del Servicio Secreto norteamericano.
Dos gigantes geopolíticos, dos formas antitéticas de entender la automoción de Estado y un único objetivo compartido: garantizar que los hombres más poderosos de la Tierra sigan estando inalcanzables cuando el motor se pone en marcha.
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