En el aire de Cernobbio flota un volátil y delicado entusiasmo que, a un tiempo, pareciera eterno. Las sonrisas bailan en esta pequeña localidad del norte de Italia refrescada por el lago de Como, brilla el sol como por encargo, el glamur se extiende como por inercia. En miles de ojos se refleja la belleza de los coches. Un año más se celebra el Concorso d’Eleganza Villa d’Este, organizado por el Grupo BMW y por el Grand Hotel Villa d’Este, lujoso y exclusivo como los automóviles y las motos que allí se reúnen. Un fascinante desfile de rarezas y tesoros de la automoción que dura tres hermosos días, tres jornadas enlatadas en un siglo anterior, en un tiempo difuso.

El concurso lleva el lema Hollywood en el Lago. Tuvo lugar hace unas fechas, a finales de mayo, y la distinción principal (‘Best of Show’, la llaman) fue para un Ferrari 335 Sport fabricado en 1958, excepcional ejemplar de motor delantero propiedad del coleccionista austriaco Andreas Mohringer. El domingo, en la entrega de premios, en su rostro no cabe ese orgullo aristocrático de considerarse único, superior a los demás; el público aplaude la elegancia del vehículo, la fiesta llega a su culmen. El glamur se extiende como si fuera un cheque al portador.

El jurado de expertos ha seleccionado un “auténtico coche de carreras que está absolutamente bien para conducir en las carreteras”, en palabras de su propietario. “Sin embargo, se necesita una mano fuerte para hacerlo”. En el ambiente de Cernobbio presumir no merece reproche.

El volante del Ferrari 335 Sport.

Nacido en 1957 con 396 CV, el Ferrari 335 Sport fue durante mucho tiempo el modelo más potente de la marca, el más rápido, el más conocido, también el que arrastró cierta leyenda negra. A sus mandos vivió una historia de lujo, amor y tragedia el piloto español Alfonso de Portago, impulsivo y rebelde como James Dean, cigarro en la boca, popular como un hombre de Hollywood, competidor directo de Juan Manuel Fangio. Hasta que falleció en la carrera italiana Mille Miglia, en el mismo 1957, cuando un accidente le costó la vida a él y a otras diez personas. La prueba se suspendió para siempre, Enzo Ferrari se encerró una semana en casa…

Nadie parece recordar ese oscuro pasado en el concorso. Los visitantes, más bien, simplemente se dejan asombrar por el ambiente y la opulencia que se viven desde 1929, cuando se inauguró el certamen, en el que han participado 50 modelos en ocho categorías diferentes, con nombres (las categorías) con tanta pompa y boato como todo lo que las rodea.

“Recuerdo bien cuando vine por primera vez con mi hija, ella me anunció que quería casarse aquí”, desliza Andreas Mohringer. Se oyen más aplausos, pero ya no son para él. La ovación cerrada la recibe ahora, radiante, el coleccionista suizo Albert Spiess, propietario de una rareza en rojo brillante ganadora de la Coppa d’Oro, el premio del público.

El Alfa Romeo 33/2 Stradale distinguido por la concurrencia (modelo del que solo se fabricaron 12 unidades) levanta sus alas de gaviota hacia el cielo. “Este premio es algo muy especial para mí”, sostiene Spiess, que ya triunfó en 2014 con un Maserati 450 S de 1956 (Best of Show), y mientras tanto la tarde va cayendo. “Ganar un premio decidido por el público es una experiencia incomparable. La atmósfera aquí en Villa d’Este no tiene parangón”, concluye.