Ya premiada en el pasado Festival de Cannes, Drive my car ha hecho furor en las candidaturas de los Oscar. La película del director japonés Ryūsuke Hamaguchi está inspirada en un cuento homónimo del escritor Haruki Murakami y relata el intenso drama de un actor llamado Yüsuke, que pierde sucesivamente a su hija pequeña por una neumonía y a su pareja a causa una hemorragia cerebral.
El protagonista sufre además de un problema ocular que le impide conducir su querido automóvil, un Saab 900 Turbo de 1987 de llamativo color rojo, al que está muy unido sentimentalmente y que mima con esmero. Ante su incapacidad para conducirlo, la compañía teatral que le contrata le impone contra su voluntad a la joven conductora profesional Misaki para que le vaya a buscar a diario a su domicilio y se pueda desplazar hasta el teatro donde trabaja en Hiroshima.
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El rutilante coche sueco se convierte entonces en el escenario donde transcurre el melodrama y deja de ser un accesorio del rodaje o una parte del decorado para convertirse en el propio escenario de la trama. Dentro de su habitáculo es donde se desarrolla la historia relatada por Hamaguchi, y es en su interior donde se crean los vínculos y se van desarrollando las emociones contradictorias de ambos protagonistas. El automóvil aporta además otro gran atractivo a la película: las bellísimas imágenes de las carreteras, filmadas en los largos desplazamientos a bordo del Saab y que aportan a la obra una refinadísima estética.
Una berlina cupé diferente a las demás
El fabricante sueco Saab ya ha desaparecido del sector automovilístico, pero es mundialmente conocido desde 1937 precisamente por sus turismos y sus camiones (Scania). Sin embargo, también produce material civil y militar muy complejo y de diversos tipos, como aviones, submarinos y también drones teledirigidos de última generación.
En 1984 la marca lanzó el 900 Turbo, que era una versión perfeccionada y más potente del modelo anterior (900). Fue diseñado por el sueco Björn Enwall y era una berlina de línea cupé que se diferenciaba claramente de sus rivales europeos por su imagen y originales soluciones. Por dentro destacaba la ergonomía del salpicadero y los instrumentos que rodeaban al conductor, replicando así la disposición de la cabina de los aviones de combate que también construyó la firma sueca. Y también poseía detalles prácticos inusuales, como unos mandos especialmente diseñados para conducir en los países nórdicos con gruesos guantes.
Sobrio en su diseño y práctico en la utilización diaria, el Saab 900 Turbo equipaba un motor de cuatro cilindros dotado de turbocompresor y culata de 16 válvulas. Ofrecía hasta 185 CV, mucho para un coche de esta categoría en aquella época. Las suspensiones destacaban por una amortiguación suave y resultaban muy cómodas en carretera, pero al ser de tracción delantera y no disponer de los sistemas de control electrónicos actuales, la fuerza del motor provocaba en las aceleraciones frecuentes pérdidas de adherencia en las ruedas delanteras, especialmente sobre firmes deslizantes.
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Cuatro décadas informando sobre el mundo del motor y probando coches de todas las categorías. Después de trabajar en diversos medios especializados (Velocidad, Auto1, Solo Auto, Motor 16, Car and Driver, EcoMotor...), ahora en Prisa Media para seguir cubriendo la actualidad en plena revolución tecnológica del automóvil.
