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La Aventura EcoSport arranca con emociones fuertes al volante

AS participa en esta iniciativa de Ford que permite conocer las cualidades de uno de los modelos más polivalentes de su gama.

La Aventura EcoSport arranca con emociones fuertes al volante

Nuestra #aventuraEcoSport comienza a las 10:00 en la sede de AS en Madrid. Nos esperan tres horas y media de carretera hasta San Martín de Trevejo, Cáceres, un municipio situado en plena Sierra de Gata entre Las Hurdes y la frontera portuguesa. Vamos a vivir esta escapada a bordo de un Ford EcosSport, un vehículo utilitario inteligente, un todoterreno del que nos han dicho que “no es lo que parece”, un coche ágil y receptivo, que se mueve con soltura en la ciudad, que te permite disfrutar en los viajes largos y que te ofrece ese control absoluto que da su altura para conducir por carreteras más angostas. Ideal, parece, para nuestro fin de semana.

Por la A5 vamos dejando atrás la ciudad de Madrid, la prisa, los horarios, la cobertura del móvil, el estrés de la semana y hasta el calendario de Liga…

Llegaremos 340 km después a San Martín de Trevejo, considerada Bien de Interés cultural con la categoría de Conjunto Histórico por la espectacular conservación de su arquitectura. Damos fe de ello al llegar: paredes de piedra, de pizarra, escudos de armas en casas señoriales… Esto promete.

Nos alojaremos en el coqueto hotel rural Casa Antolina (Calle Fuente, 1), una casa noble, solariega de 1856, cuidadosamente restaurada para dar esa sensación típica de pueblo, pero con el toque de modernidad y de comodidad que necesitamos para descansar cuando acabe cada jornada de nuestra aventura. Y con wifi, sí, para los que no quieran desconectar del todo, que también los hay. Sólo ocho habitaciones, cada una con un nombre, una decoración, una historia y un capricho diferentes.

Hace un poco de fresco al entrar. Eso es lo que ocurre en las casas de los pueblos. Es de esos sitios que casi sin querer te recuerdan a tu infancia. Que huele a leña, a piedra, a pan, a fogones, a azahar y a verde.

Almorzamos en el restaurante del Hotel Rural ‘El Duende del Chafaril’ (Los Caños, 29, 10892). Probamos la ensalada de naranja con huevo frito y pimentón, la chacina extremeña, el revuelto de chorizo y el cabritillo. Pero no hay sobremesa, porque es hora de conducir…

Vamos a adentrarnos en la Sierra de Gata, una de las sierras que componen el Sistema Central, cuyas cumbres marcan el límite entre Cáceres al sur, Salamanca al norte, la Sierra de Malcata en Portugal al oeste (la cual conoceremos pronto) y la Sierra de Francia al este. Cuando decimos “adentrarnos” no es baladí. Conducimos por carretera comarcal en dirección a Navasfrías también llamado El Rebollar, municipio de la provincia de Salamanca, a más de 900 metros de altitud sobre el nivel del mar con una población de 550 habitantes.

Vamos en caravana, tímidos, acabamos de conocernos… al coche también al fin y al cabo. Lo que no nos esperamos es lo que viene ahora. Es como conocerse dentro de la casa de un reality show… esas amistades que van ‘a saco’, aceleradas, fuertes, creíbles. Lo digo porque de pronto todos bromeamos, y nos pitamos unos a otros, y nos hacemos señas, entendiéndonos… hay que conducir por un desfiladero vertiginoso donde acaba el asfalto y empieza el camino de tierra, de piedras, de polvo. De pronto tenemos que enfilar una pendiente de ¿cuántos? 10 o 15 grados. Y lo hacemos muertos de risa, viendo cómo efectivamente este Ford Ecosport no es lo que parece. Su altura permite hacer este pequeño ensayo de rally cuando dejamos atrás Navasfrías y pisamos suelo portugués.

Y más terrenos diferentes: toca conducir ahora por caminos angostos, llenos de piedras (grandes, ¿eh?) que rebotan y suenan en los bajos del coche. Ya no somos tímidos. Entre nosotros y mucho menos con el coche. Es imposible cuando tienes que cerrar la ventana porque las zarzas se meten dentro, cuando tienes que parar para que las vacas crucen el camino, cuando sorteas piedras que hacen luchar a la rueda hasta que se agarra, cuando el pastor de un rebaño que tapona el cruce nos saluda pensando quién sabe qué y cuando de pronto te detienes y ya no sabes dónde estás, si en España o en Portugal.

Y sí, nos cuentan que estamos en la charca de El Payo. Mientras el sol se esconde por detrás de unos picos, mientras suenan las ranas, los zapateros, las chicharas y las culebras alrededor. Y el ruido del agua.

No, ya no hay timidez que valga, y sí muchas ganas de volver a San Martín, sentarnos a una mesa ante vinos de la casa para contarnos las sensaciones mientras afuera, el coche descansa hasta mañana.

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