Al conducir por las autopistas de Cataluña y cruzarse con vehículos con matrícula de las cuatro provincias catalanas, es casi seguro que ese conductor verá una silueta familiar en el portón trasero: un burro. No se trata de un dibujo animado ni de una campaña publicitaria para el cuidado de los animales. Es el rucio catalán (Equus asinus somariensis), una raza autóctona que ha pasado de estar en peligro de extinción a convertirse en un fenómeno de masas sobre ruedas.
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Todo comenzó a principios de los años 2000, cuando dos jóvenes de Bañolas diseñaron esta silueta con un objetivo puramente conservacionista. El propósito era llamar la atención sobre la precaria situación de esta especie, mucho más robusta y noble de lo que el imaginario popular sugiere. Sin embargo, lo que nació como un guiño a la biodiversidad pronto se transformó en algo mucho más profundo: un símbolo de identidad colectiva.

La respuesta catalana frente al toro de Osborne
Asimismo, la popularización masiva de la pegatina del burro no puede entenderse sin su contraparte: el toro de Osborne y sus derivados taurinos. Durante décadas, la silueta del astado fue el elemento decorativo por excelencia en los coches españoles. Por su parte, en Cataluña, un sector de la población buscaba un símbolo que representara unos valores distintos.
Según sus defensores, frente a la bravura y la fuerza que proyecta el toro, el burro catalán —o ruc català— propone una narrativa diferente. Se le quiere asociar con la perseverancia, el trabajo duro, la nobleza y, sobre todo, la resiliencia. Representa la idea de que, aunque el camino sea empinado, el animal sigue avanzando con paso firme. Esta dicotomía visual convirtió los automóviles en un lienzo donde cada conductor, de forma silenciosa, manifiesta su sentido de pertenencia.

Un símbolo de arraigo
A pesar de que a menudo se le ha colgado una etiqueta política ligada al independentismo, para la mayoría de los usuarios la pegatina trasciende esa ideología. Al igual que ocurre con la oveja latxa en el País Vasco o el Indalo en Almería, el burro funciona como un código de reconocimiento mutuo. Es un mensaje de orgullo por las raíces que no necesita palabras.
“No es una bandera, es una declaración de principios sobre la manera de entender el esfuerzo diario”, han afirmado expertos en sociología al estudiar el fenómeno y entrevistar a los conductores que lo portan.
Hoy en día, el diseño ha evolucionado y existen versiones de todo tipo: con la estelada, minimalistas o incluso con trazos geométricos. Lo que es innegable es que el ruc ha ganado la batalla de la visibilidad, consolidándose como un elemento imprescindible de las carreteras catalanas.

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