Hitler, el dictador apasionado por los coches que no podía conducir: ¿por qué tenía chóferes?

A pesar de su gran colección de automóviles, no conducía ninguno. Siempre fue trasladado por otros hombres y generó un fuerte lazo con uno de ellos.

Hitler
Hitler, en coche, por las calles de Nuremberg en 1938.

Se antoja una de esas extrañas paradojas de la historia: Adolf Hitler, el todopoderoso Führer alemán (que nació el 20 de abril de 1889), el hombre que dominaba con mano de hierro los destinos del III Reich, no podía conducir legalmente por las carreteras de su país.

Y lo curioso es que Hitler era un apasionado de los coches; le encantaba estar al día de las novedades automovilísticas y supervisaba personalmente los modelos que llegaban al parque móvil de la Cancillería.

Se sabe que le agradaban los coches americanos y los deportivos italianos, aunque su marca favorita fue siempre Mercedes-Benz. A pesar de ello nunca se sacó el carnet y dependió toda su vida de sus conductores hasta para el menor desplazamiento.

Hitler sin carné

Adoraba hacer largas rutas, que planificaba con meticulosidad militar y durante esos largos recorridos por las no siempre fáciles carreteras secundarias de la época sus conductores siempre aseguraron que el Führer se mostraba como un compañero de viaje de sorprendente buen humor.

Y debía ser verdad, porque el grado de complicidad que sus chóferes llegaron a tener con el Führer fue tal que este le encargó precisamente a uno de ellos -su favorito, Erich Kempka, fallecido en 1975- la delicada labor de quemar su cadáver tras suicidarse en su búnker berlinés.

Su primer coche: Benz 11/40

No está mal para un expresidiario. Su primer capricho conocido fue un Benz 11/40 de 1923. Se trataba de un modelo familiar de 4,6 metros de largo, con un motor V6 de 2860 cc y 40 CV de potencia, capaz de alcanzar los 80 km/h. Costaba 18.000 marcos de la época y era un automóvil elegante y sobrio, pero ni de lejos el tope de gama de la marca.

Hitler era en ese momento un simple agitador político con ínfulas que aprovechó su condena en la prisión de Landsberg –donde fue encerrado por encabezar un frustrado intento de golpe de Estado– para trabajarse un 11/40 en buenas condiciones económicas y con el que se fotografió orgulloso a la salida del recinto penitenciario.

Hitler
Hitler, a la salida de la cárcel.

La carta que escribió a Jakob Ferlin  –propietario del concesionario muniqués y por cierto, judío– aún se conserva y en ella manifiesta su predilección por el color gris, solicita un descuento de algunos miles de marcos “hasta que pueda cobrar los derechos del Mein Kampf y explica que tiene dudas sobre la fiabilidad del motor “debido a las altas revoluciones que alcanza. Necesito un motor fiable porque no podría pagar ninguna reparación grave en dos o tres años”.

Mercedes 770K

El ‘Grosser’ Mercedes del Führer. De entre todos los automóviles de los que dispuso Adolf Hitler para su uso y disfrute, sin ninguna duda su preferido fue siempre el Mercedes-Benz 770K de 1931 y matrícula 1A-148461. El coche se hizo tan familiar en los noticiarios que los alemanes lo bautizaron popularmente como Die Grosser Mercedes (‘el gran Mercedes’).

En su momento fue el automóvil alemán más caro jamás fabricado y solo se construía por encargo. Tenía un motor de ocho cilindros en línea y 7655cc con pistones de aluminio y doble compresor volumétrico, capaz de proporcionar 230 CV y alcanzar los 160 km/h.

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El Führer, en su ‘gran Mercedes’.

Además el coche de Hitler era blindado y pesaba cuatro toneladas, lo que obligó a montar un depósito de gasolina de 300 litros de capacidad ya que su consumo rozaba ¡los 60 litros a los 100 km/h! De hecho, los ingenieros tuvieron que limitar la velocidad máxima del vehículo a 80 km/h.

Tras la caída de Berlín, el coche fue confiscado y viajó a los Estados Unidos como “botín de guerra”. Pasó por Las Vegas y regresó a Europa años después para desaparecer de nuevo sin dejar rastro, hasta que en 2009 fue localizado en Bielefeld descansando en el garaje de un coleccionista local, que se lo vendió a un millonario ruso por diez millones de euros.

Mercedes 540K de 1937

El Mercedes 540K Roadster es, según muchos entendidos, uno de los modelos más bonitos fabricados jamás por la marca. Era el coche que aparecía fotografiado junto al dirigible Hinderburg en los folletos promocionales del régimen… y por eso era el coche que Hitler regalaba a sus allegados cuando quería quedar como un señor.

Obsequió con uno a su mano derecha, Herman Goering, y con otro a su amante Eva Braun… a pesar del absoluto desinterés por los automóviles que manifestaba ella. Bajo el capó escondía un motor de 5.4 litros y ocho cilindros en línea que rendía hasta 180 CV y alcanzaba sin dificultad los 180 km/h.

Solamente se construyeron 350 unidades y la mayoría no sobrevivieron a los saqueos de la guerra así que el precio de las que van apareciendo por las subastas roza los 10.000.000 de euros. Por cierto…: Bernie Ecclestone guarda dos en su garaje.

Hitler
Un Mercedes como el que Hitler regaló a Eva Braun.

Hitler y Volkswagen

El escarabajo del pueblo. Evidentemente es imposible hablar de los coches que le gustaban al dictador alemán y obviar el único que nació de su gestión directa: el Volkswagen (o ‘coche del pueblo’). Hitler deseaba que la clase media alemana dispusiera de un utilitario económico que, además, debía cumplir unos exigentes requerimientos: capacidad para cuatro personas, motor de 985cc refrigerado por aire de potencia superior a 25 CV, un consumo de 7 litros cada 100 km, una velocidad máxima de 100 km/h y un precio menor a 1.000 marcos.

Encargó el trabajo a su diseñador favorito, Ferdinand Porsche, el cual se inspiró en un proyecto suyo anterior fallido para la NSU –el Tipus 32– que el propio Hitler mejoró a su gusto con un esbozo de su propia mano.

El 17 de febrero de 1938 se presentó por fin el modelo definitivo del Volkswagen –denominado oficialmente KdF, por las siglas de la organización sindical nazi Kraft durch Freude (‘la fuerza a través de la alegría’)– con un  precio de 900 marcos.

Solo se podía adquirir financiando previamente su producción, el contrato no se podía rescindir y en caso de no pagar uno de los plazos se perdía todo lo acumulado. Pese a esto, 336.600 personas aceptaron estas condiciones leoninas… Pero nunca recibieron su coche, porque la invasión de Polonia y el estallido del conflicto bélico paralizaron la producción hasta después de la guerra. Aun así, el impacto del diseño de Porsche revolucionó la Europa de la posguerra y cambió la industria del automóvil.

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