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El coche atómico, el motor de agua y otros inventos fallidos

Grandes fabricantes e inventores particulares buscaron con insistencia alternativas a los combustibles fósiles durante el siglo XX.

prototipos

El Nucleon, que nunca pasó de ser una maqueta, prometía una autonomía de 8.000 kilómetros.

La transición energética que va a electrificar el transporte en los próximos años no ha sido el primer intento de relegar los combustibles fósiles como fuente de energía. Durante el siglo pasado grandes fabricantes o inventores particulares buscaron con insistencia otras alternativas que terminaron por lo general en un gran fiasco.

Ford Nucleon: 8.000 kilómetros de autonomía

En los años cincuenta la energía nuclear generaba un progreso nunca visto en todos los países que podían acceder a ella. Y el mundo se asombraba con las demostraciones del submarino atómico Nautilus SSN 571, que navegó bajo el casquete polar y completó 60.000 millas (111.120 kilómetros) sumergido y sin repostar.

El proyecto de Ford no pasó del estado de maqueta, pero planteaba desarrollar un coche experimental, de aspecto futurista, impulsado por un pequeño reactor de combustible nuclear. En concreto iba a utilizar cápsulas de uranio, que le proporcionarían energía para recorrer 8.000 kilómetros. A la hora de firmar el proyecto ningún ingeniero quiso asumir los riesgos que planteaba, y el Nucleon se exhibe hoy en el museo Henry Ford de Detroit como una simple anécdota de los inicios de la era atómica.

¿El inventor del motor de agua murió envenenado?

Entre los reportajes de divulgación y la crónica de sucesos, la vida de Stanley Meyer causó gran polémica. Fue un extravagante inventor norteamericano que intentó fabricar un motor que funcionase con agua, disociando mediante electricidad el oxígeno y el hidrógeno que la componen. Tras alguna demanda por parte de socios y críticas científicas a su trabajo, murió repentinamente en 1998 durante una cena con su hermano gemelo, que también era su socio, y unos posibles inversores. Y aunque la autopsia reveló un aneurisma cerebral como causa, sus allegados y seguidores apuntaron enseguida a una conspiración en la que habría sido envenenado por intereses de la industria petrolera.

El coche de agua de Stanley Meyer.

Dos décadas antes, en la España de los setenta también se formó un gran revuelo mediático cuando el extremeño Arturo Estévez propuso un motor de agua de su invención durante la primera crisis del petróleo desencadenada por la guerra árabe-israelí. Después de salir en la televisión haciendo funcionar su moto con el agua de un botijo, acaparó la atención del Gobierno franquista y los medios de comunicación de la época. El gran revuelo acabó en una gran decepción, ya que los expertos llegaron a la conclusión de que el invento se basaba en la reacción del boro con el agua para formar hidrógeno. Una solución inviable en la práctica pues el boro es un elemento que resulta bastante más caro que la gasolina.

El pinchazo del coche de aire comprimido

La idea parecía factible e incluso grandes empresas automovilísticas como General Motors, DongFeng, PSA o Tata Motors se interesaron por ella. El ingeniero francés Guy Nègre fallecía en 2016 sin conseguir llevar a la producción su proyecto Air Car. Desarrollado por la empresa MDI, este coche urbano de cero emisiones fue presentado por primera vez en el Salón de París de 1991. Utilizaba como energía propulsora un depósito de aire comprimido a una presión de 300 bares y prometía una autonomía de hasta 200 kilómetros. Una versión posterior más evolucionada llamada AirPod 2.0 tampoco ha logrado atraer inversores, debido a controversias generadas en cuanto a las prestaciones declaradas por el fabricante, que nunca han podido ser comprobadas.

La primera versión del Air Car.

Motor magnético: el imposible movimiento continuo

Muchos han sido los ingenieros que han aplicado el magnetismo para crear energía diseñando un motor que a la vez fuera generador de electricidad. El motor-generador que desarrolló el sudafricano Michael J. Brady consiguió llamar la atención de algunos compradores, pero el inventor nunca llegó a entregarlos y fue procesado por estafa en 2010.

La idea no era nueva y, por ejemplo, el norteamericano Howard Johnson había patentado un motor de estas características en 1973. El principio en el que se basa utiliza la fuerza magnética de una serie de imanes permanentes dispuestos en espiral para convertirla en producir electricidad mediante un movimiento rotativo. El primer inconveniente son los propios límites de la física, y más concretamente el segundo principio de la termodinámica: el movimiento continuo en un sistema cerrado es imposible sin el aporte de energía exterior.

Pese a las dificultades, pequeñas empresas han iniciado tímidos intentos de aplicar esta quimera mecánica en el automóvil. Pero el insalvable obstáculo para que funcione, necesitar más energía de la que produce, lo ha relegado a un experimento de laboratorio y ha abortado cualquier iniciativa de llevarlo a la práctica.


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