A las puertas de un viaje largo, el conductor español medio revisa el nivel de aceite, llena el depósito y comprueba que no falte el líquido limpiaparabrisas. Sin embargo, existe un elemento crítico que suele despacharse con una visita rápida a la gasolinera y una cifra grabada a fuego en el imaginario colectivo: “los dos kilos y medio”. Es un error que puede salir muy caro.
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Mantener la presión correcta no es solo una cuestión de mantenimiento, sino el pilar fundamental de la seguridad vial. El neumático mal inflado afecta directamente a la distancia de frenado y a la estabilidad en curva, factores que se vuelven determinantes cuando el coche circula a velocidades de autopista y transporta el equipaje de toda la familia.
El mito de la cifra universal
Uno de los fallos más recurrentes entre los usuarios es asumir que todos los coches requieren la misma presión. En este sentido, el especialista en seguridad vial se muestra tajante: cada modelo es un mundo. Los valores específicos vienen definidos por el fabricante y pueden encontrarse fácilmente en el manual del vehículo, en el marco de la puerta o en el interior de la tapa del depósito de combustible.
Para un turismo medio, las cifras suelen oscilar entre los 2,2 y 2,3 bares para un uso convencional. No obstante, al afrontar un trayecto de larga distancia, la situación cambia radicalmente. El vehículo soporta un lastre mayor debido a los pasajeros y las maletas, lo que exige elevar ligeramente el inflado según la tabla de carga del fabricante. En el caso de los SUV, debido a su mayor centro de gravedad y peso estructural, es habitual que requieran valores cercanos a los 2,4 bares. Un ligero incremento sobre la presión urbana habitual ayuda a que la carcasa no se deforme en exceso ante la fatiga del trayecto.
El termómetro del neumático
La precisión es nula si no se tiene en cuenta la física. El operario o el propio conductor debe realizar la medición siempre con los neumáticos en frío. Si el coche ha rodado más de tres o cuatro kilómetros, el rozamiento eleva la temperatura del aire interior, expandiéndolo y arrojando una lectura falsamente alta en el manómetro. Si no queda más remedio que inflar en ruta, el experto recomienda dejar reposar el coche unos minutos o, en su defecto, sumar entre 0,2 y 0,3 bares a la cifra recomendada para compensar ese calor.
Asimismo, no se debe descuidar el famoso “quinto elemento”: la rueda de repuesto. Es la gran olvidada hasta que se produce el pinchazo en mitad de la nada. Verificar que tenga la presión adecuada (superior a la del resto de los neumáticos para prevenir la pérdida natural de aire con el paso del tiempo) es un auténtico seguro de vida.
Más allá del aire: seguridad y ahorro
La presión óptima es, además, la mejor aliada de la cartera. Un neumático desinflado genera una mayor resistencia a la rodadura, lo que obliga al motor a trabajar más y dispara el consumo de combustible. Por el contrario, el exceso de presión reduce la superficie de contacto, provocando un desgaste irregular por el centro y disminuyendo el agarre en situaciones críticas.
Como broche final a la revisión, desde la DGT se recuerda que la profundidad del dibujo no debe bajar nunca de los 1,6 milímetros. Por debajo de este límite, el riesgo de ‘aquaplaning’ se multiplica. En definitiva, dedicar diez minutos a los neumáticos antes de salir no es solo una recomendación técnica; es la diferencia entre un viaje tranquilo y un susto evitable en el asfalto.
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Entusiasta del motor en toda su magnitud, preferiblemente los V12. Le dijeron que cuatro ruedas eran mejor que dos, por eso se compró otra moto. Claro que también le apasiona cuando van las cuatro juntas. Ha trabajado como creativo publicitario para muchas marcas de coches y motos e hizo la mili en esto de juntar letras en la editorial Luike.
