Francia aspiraba a liderar la movilidad del futuro, convirtiendo el firme por el que circulan los coches en una gigantesca central de energía renovable. Sin embargo, la realidad de la carretera ha terminado por aplastar a la utopía tecnológica. Casi diez años después de su sonada inauguración con el respaldo del Gobierno francés, el primer tramo de carretera solar a gran escala del mundo ha sido demolido y sustituido de nuevo por asfalto tradicional.
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El ambicioso proyecto Wattway, que pretendía demostrar que era posible producir electricidad a partir del tráfico cotidiano sin sacrificar ni un solo metro cuadrado de naturaleza, se ha transformado en uno de los fiascos públicos y económicos más sonados del sector energético.

La utopía de los cinco millones de euros
El punto de partida parecía impecable sobre el papel. En diciembre de 2016, la entonces ministra de Ecología, Ségolène Royal, inauguraba entre cámaras y flashes un tramo de un kilómetro en la carretera D5, a la altura del pequeño municipio de Tourouvre-au-Perche, en la región de Normandía.
Desarrollado por la firma de infraestructuras Colas junto al Instituto Nacional de Energía Solar francés (INES), el trazado contaba con 2.800 metros cuadrados de módulos fotovoltaicos recubiertos por capas de resina especial para soportar el tránsito. Con un presupuesto público inicial de cinco millones de euros procedente de las arcas estatales, la proyección oficial era sumamente optimista.
Se esperaba generar cerca de 280.000 kilovatios hora (kWh) al año, suficientes para suministrar electricidad al alumbrado público de una localidad de 5.000 habitantes y aportar unos ingresos por venta a la red de 10.500 euros anuales. Las expectativas políticas llegaron a tal punto que el Ejecutivo galo planteó desplegar esta tecnología a lo largo de 1.000 kilómetros de la red nacional.

Ruido, barro y camiones
No obstante, los problemas técnicos no tardaron en aflorar. Una calzada abierta al tráfico no se comporta en absoluto como el tejado de una vivienda. El rozamiento continuado de los neumáticos, el peso extremo de los camiones de mercancías y la maquinaria agrícola de la zona comenzaron a agrietar y despegar los paneles solares.
A ello se sumó el clima normando: el barro acumulado, el polvo de los campos y las hojas secas cubrieron rápidamente la superficie, reduciendo drásticamente la capacidad de captación fotovoltaica de unas celdas situadas en posición totalmente horizontal (0° de inclinación), una disposición ya de por sí poco eficiente.
Las molestias tampoco tardaron en afectar a los propios conductores y vecinos del pueblo. La rugosidad aplicada al firme para garantizar la adherencia en mojado provocaba un zumbido ensordecedor dentro de los habitáculos al paso de las ruedas. La situación obligó a las autoridades locales a limitar de forma permanente la velocidad del tramo a 70 km/h.
Además, apenas tres años después de la puesta en marcha, la degradación del pavimento era tan severa que fue necesario retirar y reasfaltar los primeros 100 metros por la imposibilidad de reparar las placas.
Los números del desastre financiero
La brecha entre la teoría y la práctica quedó sellada en las cifras de producción energética recogidas en los seguimientos periódicos del proyecto:
- Primer año (2017): se generaron 149.459 kWh (un 53% de la previsión inicial), reportando apenas 4.550 euros de ingresos.
- Segundo año (2018): la cifra se desplomó a 78.397 kWh, obteniendo unos testimoniales 3.100 euros.
- Primer semestre de 2019: la producción cayó hasta unos escasos 37.900 kWh.
La sangría económica y la evidente ineficiencia operativa aceleraron el final del experimento. A finales de mayo de 2024, el Consejo Departamental del Orne confirmó el inicio de las tareas de desmantelamiento definitivo.
Las excavadoras levantaron los restos del pavimento fotovoltaico y restituyeron la carretera al asfalto convencional, poniendo punto final a un hito que la prensa especializada gala ya califica abiertamente como un claro ejemplo de “malgasto de fondos públicos”.

Dos funciones incompatibles
El fiasco de Tourouvre-au-Perche deja una valiosa lección de ingeniería y sentido común para el futuro de la movilidad sostenible. Producir electricidad y soportar el tráfico pesado son dos tareas con exigencias físicas totalmente contrapuestas.
Aplicar soluciones fotovoltaicas directamente bajo la rodadura de los vehículos resulta infinitamente más caro y menos eficiente que instalar placas solares sobre pérgolas en aparcamientos, marquesinas de peajes o tejados industriales.
A raíz de esta experiencia, la propia empresa Wattway ha redirigido su modelo de negocio. La compañía ha abandonado la idea de pavimentar carreteras de alto tránsito y se centra ahora en superficies de baja exigencia mecánica, como vías ciclistas, zonas peatonales o pequeñas soluciones urbanas para recargar bicicletas eléctricas e iluminar marquesinas de autobús.
Una retirada a tiempo que demuestra que, por ahora, el asfalto debe seguir haciendo lo que mejor sabe hacer: permitir que los coches rueden con seguridad.
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