El afán por adelantarse en el tiempo es una constante en la industria del automóvil, que desde hace décadas viene presentando prototipos insospechados, proyectos inimaginables y soluciones inesperadas. Hay casi una obsesión por pensar tocar el futuro con las manos. Y el futuro que se vislumbra en 2018 (a medio plazo, según los responsables de imaginarlo) está lleno de coches inteligentes, máquinas voladoras y extraños dispositivos de movilidad. Renault EZ-GO, Icona Nucleus Concept, Nissan IMx…

Pero esto no es nuevo: la primera vez que ocurrió fue hace justo 80 años, en 1938, cuando Buick presentó el Y-Job, un coche que no pensaba comercializar: tan solo era el ejemplo de lo que eran capaces de hacer. Y consiguió lo que esperaba, atraer la atención sobre una figura novedosa y unas soluciones técnicas que darían origen a otras que sí incorporarían otros vehículos posteriores de la marca.

Desde entonces, las propuestas se han repetido sin parar. Algunas eran tan disparatadas que se quedaron necesariamente en el camino; otras vieron la luz pero no cumplieron las expectativas creadas.

¿Qué ocurrirá con lo que las marcas están mostrando en la actualidad? En el Salón de Ginebra se han visto modelos que pronto llegarán a la carretera, pero lo que más ha llamado la atención son esos prototipos que ahora parecen imposibles. Coches capaces de entender al conductor, aprender de su comportamiento, tomar los mandos si es necesario o echar a volar para descongestionar el tráfico.

De hecho, la muestra suiza, que no deja de ser la más importante del año para el sector de la automoción, ha sido el primer salón del automóvil en el que se han mostrado abiertamente, junto a los coches inteligentes, vehículos voladores. En este caso, el PAL-V Liberty, preparado ya para la comercialización, y el Pop.Up.Next, fruto de la colaboración entre Audi y Airbus.