A simple vista parece el escenario de una película postapocalíptica. Cientos de vehículos abandonados se amontonan en el fondo de una enorme cavidad subterránea mientras un rayo de luz natural atraviesa la oscuridad y deja al descubierto una escena difícil de creer.
Pero la Cueva de las Almas Perdidas no nació como una atracción para curiosos ni como un reclamo para las redes sociales. Lo que hoy fascina a miles de personas comenzó hace décadas, cuando una antigua mina de pizarra galesa empezó a llenarse de coches, electrodomésticos y chatarra hasta convertirse en un gigantesco cementerio clandestino de vehículos.
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Una mina olvidada bajo una montaña
La llamada ‘Cavern of Lost Souls’ se encuentra en la región de Ceredigion, en Gales, bajo una montaña que décadas atrás formó parte de la actividad minera de la zona. La cavidad pertenecía a la antigua mina de pizarra de Gaewern, una explotación con más de un siglo de historia que desarrolló su actividad durante aproximadamente 124 años antes de ser abandonada entre las décadas de 1960 y 1970.
Como ocurrió con muchas otras instalaciones mineras británicas, el final de la actividad dejó tras de sí un enorme espacio subterráneo sin uso definido. Lo que nadie imaginaba entonces era el destino que acabaría teniendo aquel lugar.
Convertido en un vertedero
Tras el cierre de la mina, la enorme cavidad comenzó a ser utilizada por algunos habitantes de la zona como lugar para desprenderse de objetos voluminosos. Durante años fueron arrojándose al interior coches, electrodomésticos, neumáticos y todo tipo de chatarra, aprovechando la profundidad de la cavidad para deshacerse de residuos incómodos de gestionar por otras vías.
Con el paso del tiempo, el resultado fue tan sorprendente como desolador. Decenas de coches se fueron acumulando unos sobre otros hasta formar una montaña metálica visible desde distintos puntos de la cueva. La escena recuerda más a un depósito de desguace clandestino que a una antigua explotación minera.

Un espectáculo visual
Parte de la popularidad del lugar se debe al espectacular efecto visual que se produce en determinadas horas del día. Un rayo de luz penetra por la abertura superior e ilumina parcialmente las paredes de pizarra y los restos de vehículos acumulados en el fondo. El contraste entre la oscuridad de la cavidad y los reflejos de la luz natural ha convertido este lugar en uno de los rincones favoritos para fotógrafos, exploradores urbanos y creadores de contenido.
Las imágenes transmiten una sensación difícil de describir: por un lado resultan fascinantes desde el punto de vista visual; por otro, muestran con crudeza las consecuencias de décadas de abandono y de una gestión irresponsable de residuos, pero precisamente esa mezcla de belleza y deterioro es lo que ha convertido la cueva en un fenómeno viral.
Numerosos vídeos publicados durante los últimos años muestran descensos hasta el fondo de la cavidad para documentar los vehículos abandonados, muchos de ellos con matrículas que podrían tener entre 40 y 50 años de antigüedad.
Sin embargo, esa creciente popularidad no ha supuesto una recuperación del entorno ni una mejora de su estado de conservación. Por el contrario, el lugar continúa acumulando residuos y mantiene buena parte de los problemas que lo hicieron famoso.
Riesgos de visitarla
Las espectaculares imágenes que circulan por internet pueden llevar a pensar que se trata de una simple excursión para aficionados a la exploración urbana. La realidad es bastante diferente. Las personas que han visitado el lugar advierten de que el acceso resulta complicado y potencialmente peligroso.
La profundidad de la cavidad supera los 30 metros, las superficies son extremadamente resbaladizas y no es raro que se produzcan pequeños desprendimientos de pizarra desde las paredes. A ello hay que sumar la presencia de residuos abandonados, estructuras inestables y un ambiente que puede resultar poco saludable en determinadas zonas del recinto.
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