Para Jesús, despertarse para ir a trabajar significa abrir los ojos dentro de su puesto de trabajo. Su casa tiene ruedas, está equipada con todo lo necesario para pasar largas temporadas en la carretera y, cada mes, recorre alrededor de 19.500 kilómetros por Estados Unidos.
Es camionero y, aunque reconoce que desde fuera puede parecer un trabajo repetitivo, asegura que prácticamente nunca hay dos jornadas iguales. “Te levantas, te aseas, desayunas, recoges un poco ‘la casa’ y te vas a tu puesto de trabajo”, explica.
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A partir de ahí, todo depende de la ruta, los kilómetros, la meteorología o las tareas que tenga que realizar. No siempre está conduciendo: también debe repostar, revisar el camión, gestionar documentación, cargar o descargar mercancía y afrontar las esperas que forman parte del oficio.
En Estados Unidos puede conducir hasta 11 horas dentro de una jornada, aunque el límite de servicio es de 70 horas en ocho días. Su empresa, además, limita la velocidad de sus camiones a 65 millas por hora, unos 105 km/h. Con todo ello, Jesús se acerca a los 5.000 kilómetros semanales.
Un camión que también es su casa
Jesús conduce un Freightliner Cascadia, que estrenó a finales de febrero. El camión pertenece a la empresa para la que trabaja, una modalidad conocida como company driver. Al otro lado están los owner-operators, profesionales que son propietarios de su vehículo y asumen sus principales gastos a cambio de quedarse con una mayor parte de los ingresos.
Pero hay otra diferencia que resulta especialmente llamativa cuando el camión es también el hogar. En Estados Unidos existen los conocidos como truck stops, grandes áreas de servicio pensadas específicamente para los profesionales de la carretera.
“Tenemos duchas, restaurantes, supermercados, lavanderías, farmacias, tiendas de ropa y herramientas y, en algunos casos, incluso peluquerías, dentistas o clínicas”, cuenta. Una infraestructura que facilita que un camionero pueda pasar muchos días sin abandonar la carretera.
“Al final, siempre se ha dicho que este oficio es un estilo de vida” explica Jesús. En Estados Unidos, añade, muchos conductores viven literalmente sobre ruedas. Dentro del sector se les conoce como road warriors.
“La seguridad está por encima de cualquier horario”
Su experiencia también le ha permitido comparar el transporte estadounidense con el que conoció en España y Europa. Y no considera que todo sea necesariamente mejor al otro lado del Atlántico.
Sí destaca, por ejemplo, algunas condiciones que encontró cuando llegó a su empresa. Le pagaron el carnet, el hotel y recibió un welcome bonus, un incentivo económico por incorporarse. “Es algo bastante habitual aquí, pero que en España prácticamente no existe”, asegura.
También valora especialmente que en su empresa la seguridad tenga prioridad sobre los horarios. Si un conductor no se encuentra bien o no puede llegar a tiempo a una carga o descarga, se comunica y se reorganiza el trabajo.
Pero Jesús también encuentra sombras. Habla de una mayor presencia de conductores que llegan al sector atraídos por la demanda y la posibilidad de ahorrar dinero, pero sin una gran cultura profesional. Y critica especialmente determinadas maniobras peligrosas y la falta de compañerismo que observa en carretera.
No faltan camioneros, faltan determinados perfiles
También matiza uno de los tópicos más repetidos sobre el transporte estadounidense: la supuesta falta generalizada de conductores. “No faltan camioneros sin más; faltan camioneros que estén dispuestos a hacer determinados trabajos bajo determinadas condiciones y que además quieran quedarse”, resume.
Para un español que quiera seguir sus pasos, además, el camino no es sencillo. Jesús llegó en 2022 después de iniciar su proceso migratorio en 2018 y hacerlo con la residencia permanente ya concedida. Una vez allí tuvo que obtener la correspondiente licencia comercial estadounidense.
La carretera como forma de vida
Lo mejor y lo peor de su profesión están, en realidad, muy cerca. La soledad puede ser una recompensa y también un castigo. Jesús disfruta de pasar horas solo, recorrer lugares diferentes y tener cierta independencia. Pero también reconoce que estar meses lejos de la familia, dormir cada noche en el camión y afrontar el cansancio, el tráfico o el mal tiempo forman parte de la cara más dura del oficio.
Después de tantos kilómetros, asegura que ha aprendido a valorar las cosas sencillas y también a aceptar que no todo puede salir según lo previsto. “Hay veces que todo va sobre ruedas, nunca mejor dicho, pero también hay momentos en los que el camino se complica”, reflexiona. En esos momentos solo queda una opción: resolver el problema y continuar.
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Historiador de formación, periodista deportivo de vocación y apasionado del motor por elección. Terminé contando carreras en vez de guerras. Entre libros, crónicas y gasolina he ido encontrando el camino. Ahora intento comunicarlo sin levantar el pie del acelerador.
