Nadie esperaba encontrar una joya italiana bajo el césped de una vivienda de Los Ángeles. Mucho menos que ese coche llevara años desaparecido, figurara como robado y estuviera relacionado con un presunto fraude al seguro. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió cuando dos niños comenzaron a cavar mientras jugaban en su jardín.
Lo que emergió de la tierra fue un Ferrari Dino 246 GTS, uno de los deportivos más codiciados de los años setenta, que había permanecido oculto durante cuatro años bajo tierra. Protegido con plásticos, mantas y otros materiales para frenar el deterioro, todo indicaba que alguien había planeado regresar a por él.
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El secreto que escondía el jardín
En febrero de 1978, dos niños que jugaban en el jardín de una casa de West Athens en Los Ángeles, comenzaron a excavar por diversión. A pocos centímetros de profundidad encontraron restos de plástico, y al seguir removiendo tierra apareció una superficie metálica pintada de verde que no parecía pertenecer a ningún objeto corriente.
La familia alertó inmediatamente a las autoridades y varios agentes acudieron al lugar. Ante la extraña escena, los investigadores pensaron incluso en una posible escena criminal. Sin embargo, después de ampliar la excavación apareció la verdadera sorpresa: un exclusivo Ferrari Dino, modelo Chairs and Flares, cuya producción se había limitado a menos de un centenar de unidades.
Las pistas, un robo y el plan que salió mal
Gracias a la matrícula y al número de bastidor, la policía pudo identificar rápidamente el vehículo. Había pertenecido a Rosendo Cruz, un fontanero californiano que lo había comprado nuevo en 1974 por 22.500 dólares.
Los registros revelaron además un dato fundamental: aquel coche había sido denunciado como robado apenas unas semanas después de su compra. Como nunca apareció, la compañía de seguros terminó abonando una indemnización completa a su propietario.
La investigación tomó un rumbo inesperado años después. Un informante aseguró que la desaparición del Ferrari no había sido fruto de un robo convencional, sino parte de un supuesto fraude al seguro cuidadosamente preparado.
Según esa versión, Cruz habría pagado a varias personas para hacer desaparecer el coche y lanzarlo al océano Pacífico. El problema fue que quienes recibieron el encargo no quisieron destruir una máquina tan valiosa. En lugar de hundirlo o desmontarlo para vender sus piezas, decidieron esconderlo. Cavaron un enorme agujero en un terreno baldío, protegieron el vehículo con mantas y plásticos y lo enterraron con la intención de recuperarlo cuando el caso se enfriara.
Lo que nadie pudo prever fue el rápido crecimiento urbanístico de aquella zona de Los Ángeles. El descampado donde había sido ocultado el coche acabó convirtiéndose en una zona residencial repleta de nuevas viviendas. Con el paso del tiempo se construyeron calles, jardines y casas sobre el lugar. El Ferrari quedó atrapado bajo una parcela privada y fue completamente olvidado.
Pieza de colección
Cuando el vehículo fue extraído, las primeras imágenes generaron optimismo. Muchos creyeron que el deportivo había sobrevivido en un estado casi milagroso después de pasar casi un lustro bajo tierra.
Pero lo cierto es que la corrosión había afectado a varias zonas de la carrocería, el interior mostraba importantes daños y la humedad había dejado secuelas en numerosos componentes. Además, el proceso de rescate provocó nuevos desperfectos en la chapa y rompió por completo el parabrisas.

Como propietaria legal del automóvil, la aseguradora decidió vender el Dino. Su peculiar historia despertó un enorme interés mediático, por lo que no tardaron en aparecer compradores interesados en devolverle la vida.
Finalmente, el coche pasó a manos de un apasionado de la marca que impulsó una profunda restauración. Gracias a ese trabajo, el deportivo recuperó su aspecto original y volvió a circular por las carreteras californianas.
El nuevo propietario decidió convertir la historia en parte de la identidad del vehículo. Por eso encargó una matrícula personalizada con la inscripción “DUG UP”, que significa literalmente “desenterrado”, un apodo perfecto para un Ferrari que pasó de desaparecer sin dejar rastro a convertirse en una de las historias más insólitas que se recuerdan en el mundo del motor.

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