La escena se repite a diario frente a miles de colegios españoles: coches detenidos en doble fila, intermitentes encendidos como si fueran una licencia para incumplir las normas, conductores que desaparecen durante unos instantes y niños que cruzan entre vehículos aparcados. Parece una imagen cotidiana e incluso asumida. El problema es que también es una de las situaciones más peligrosas del día.
La Guardia Civil ha vuelto a llamar la atención sobre esta realidad coincidiendo con la vuelta al colegio, porque alrededor de un centro educativo confluyen peatones vulnerables, tráfico denso, maniobras improvisadas y una elevada dosis de prisa.
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Muchos conductores justifican la parada en doble fila con un argumento aparentemente inocente: “solo es un minuto”. Sin embargo, ese minuto es el mismo que invocan decenas de padres cada mañana. Cuando todos hacen lo mismo, el resultado es una calle bloqueada, visibilidad reducida y movimientos imprevisibles de vehículos y peatones.
“Parar en doble fila o junto a un paso de peatones puede reducir la visibilidad precisamente donde más se necesita. Las prisas de los adultos no deberían convertirse en un riesgo para los menores”, recuerda la publicación del instituto armado.
Estacionar en doble fila
Además, existe una creencia errónea muy extendida. Tener las luces de emergencia encendidas no convierte una infracción en una maniobra legal. La normativa es clara: estacionar en doble fila está prohibido y puede acarrear una sanción de 200 euros. Incluso una parada breve deja de estar amparada por la ley si el conductor abandona el vehículo o si obstaculiza la circulación.
Sin embargo, la doble fila suele verse como una especie de excepción socialmente aceptada. Se convierte en una costumbre que muchos critican cuando les perjudica, pero que practican cuando les resulta conveniente.
Para combatir esta costumbre, una de las fórmulas más exitosas ha sido la creación de zonas de parada rápida conocidas popularmente como “un beso y a correr”. En algunos municipios españoles la idea incluso se ha adaptado al lenguaje local con mensajes tan llamativos como “Besito y a juí” o “Beso y arreando”. Detrás del tono desenfadado hay una exigencia: detenerse únicamente el tiempo imprescindible para que el menor baje del vehículo y liberar inmediatamente el espacio para el siguiente conductor.
El objetivo no es recaudar multas ni complicar la vida a las familias. Es ordenar un momento especialmente delicado de la movilidad urbana. En apenas 15 o 20 minutos se concentran decenas de desplazamientos en calles que normalmente no están preparadas para absorber semejante volumen de tráfico.
Maniobras peligrosas
Acercar a los niños a la puerta del colegio para evitar riesgos puede generar precisamente el efecto contrario. Los coches estacionados fuera de lugar reducen la visibilidad de los menores, obligan a otros conductores a realizar maniobras inesperadas y dificultan la detección de peatones.
Los expertos en seguridad vial llevan años insistiendo en una recomendación sencilla: aparcar a unos cientos de metros del colegio y completar el trayecto a pie. Ese pequeño paseo no solo reduce la congestión, sino que fomenta la autonomía infantil y elimina gran parte de los conflictos de tráfico que se producen a la entrada de los centros educativos.
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