“Ha sido un momentito”. “Solo eran cinco minutos”. “No me había dado cuenta”. Pablo Tovar ha escuchado prácticamente todas las explicaciones posibles después de encontrar vehículos ocupando indebidamente plazas reservadas para personas con movilidad reducida.
El problema es que esos minutos tienen consecuencias diferentes para cada conductor. “Tus cinco minutos son mis cinco minutos. Tú puedes aparcar en cualquier plaza”, explica a EL MOTOR.
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Tovar sufrió una lesión medular en un accidente de tráfico en 2008 y utiliza silla de ruedas desde entonces. Para desplazarse de manera autónoma depende también de poder estacionar en lugares que le proporcionen espacio suficiente para entrar y salir de su vehículo.
El problema de las franjas laterales
Una plaza PMR no es simplemente un aparcamiento más ancho. Las zonas cebreadas situadas a su alrededor cumplen una función esencial: proporcionar espacio para realizar la transferencia entre la silla de ruedas y el vehículo.
“Yo, para subir y bajar mi silla del coche, la tengo que desmontar y montar entera. Necesito que la puerta esté abierta de par en par”, explica.
Por eso, para Tovar, invadir la zona cebreada puede resultar incluso peor que ocupar completamente la plaza: “Si ocupas la plaza entera, yo no puedo aparcar y tendré que buscar otra. Pero si me ocupas el cebreado, llego al coche y no puedo subirme”.
No es una situación hipotética. En ocasiones ha tenido que entrar por el lado del acompañante, desplazarse hasta el asiento del conductor, maniobrar para sacar el automóvil y después recuperar la silla. Ya había denunciado públicamente situaciones en Sevilla en las que otros vehículos le impedían acceder correctamente al suyo.
“Ha sido solo un momento”
Entre todas las justificaciones, una se repite especialmente. “La más típica es ‘ha sido un momento’, ‘han sido cinco minutos’”, asegura. El problema adquiere una dimensión especial cerca de su domicilio. Tovar dispone allí de una plaza reservada porque las restantes no ofrecen el espacio que necesita para abrir completamente la puerta.
También denuncia otro fenómeno: el uso de tarjetas PMR pertenecientes a familiares que realmente no viajan en el vehículo. Según explica, el distintivo es nominativo y puede emplearse en diferentes automóviles siempre que su titular se encuentre en ellos, situación que muchas veces no sucede.
Su situación más surrealista
Uno de los episodios que más le sorprendieron ocurrió recientemente en el aparcamiento de un Carrefour. Una conductora había dejado su automóvil entre dos plazas PMR y sin mostrar la correspondiente tarjeta. El encuentro quedó recogido en las redes de Tovar.
Más que el aparcamiento, le sorprendió la reacción posterior. Según relata, la conductora defendió que existían más espacios disponibles y sostuvo que su actuación no era ilegal.
“Lo normal es volver y decir: ‘Discúlpame, tienes razón, se me ha ido’. […] No entiendo en qué momento, además de aparcar mal y sin la tarjeta acreditativa, todavía te encaras y no aceptas tu error”.
¿Multas más altas?
Tovar tampoco cree que la solución consista necesariamente en incrementar las sanciones económicas. Considera razonables los 200 euros actuales y pone el foco en conseguir que realmente se apliquen.
Su propuesta ideal sería diferente: sustituir o complementar el castigo económico con una medida que permitiera al infractor conocer de primera mano las dificultades que provoca su comportamiento, por ejemplo, ayudando durante una jornada a personas con discapacidad.
Tovar también cambiaría algo del diseño urbano: que cada plaza PMR dispusiera cerca de un rebaje de la acera. En cualquier caso, “el problema principal no es de legislación, sino de concienciación”, concluye.

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