Conducir por un túnel es algo tan habitual que pocos conductores se plantean por qué tienen una determinada forma. Sin embargo, basta con prestar algo de atención para observar que algunos finalizan en línea recta, mientras que otros presentan una ligera curva antes de llegar a la salida.
A la hora de proyectar una infraestructura de este tipo, los ingenieros deben analizar numerosas variables relacionadas con el terreno, la circulación y, sobre todo, la capacidad de reacción de los conductores, factores que condicionan la forma de un túnel de manera significativa.
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El factor clave
Según explica el Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, el trazado de un túnel suele venir condicionado por el recorrido de la carretera y por las características del entorno en el que se construye. No obstante, uno de los factores más importantes a la hora de definir si tendrá una salida recta o curva es su longitud.
Cuando se trata de túneles cortos, generalmente entre 200 y 300 metros, presentan un trazado recto. Es conveniente que el conductor pueda ver la salida desde el mismo momento en que entra en la infraestructura.
Esa visión directa de la luz natural ayuda al cerebro a adaptarse mejor al cambio de iluminación y reduce la sensación de deslumbramiento que puede producirse al abandonar el túnel segundos después.
Ver la salida mejora la percepción
La explicación tiene mucho que ver con la forma en que funciona la visión humana. En un túnel corto, un vehículo que circula a unos 90 km/h apenas permanece unos segundos en su interior. Si el conductor puede distinguir la salida desde el principio, su vista dispone de una referencia luminosa constante que facilita la adaptación entre el exterior y el interior.
Además, la luz procedente de la salida genera un efecto de contraste que facilita la detección de posibles obstáculos o incidencias en la calzada. Por eso, en este tipo de infraestructuras, la recta suele considerarse la solución más adecuada desde el punto de vista de la seguridad vial.
Los túneles largos
La situación cambia por completo cuando la longitud del túnel aumenta. En infraestructuras que rondan entre 1.000 y 1.500 metros, los ingenieros suelen optar por incorporar curvas en las bocas o en determinadas zonas próximas a los accesos.
Aunque pueda parecer contradictorio, la finalidad sigue siendo la misma: mejorar la visibilidad y aumentar la seguridad, ya que en estos casos la curva ayuda a gestionar de forma más progresiva la transición entre la iluminación exterior y la interior, evitando cambios excesivamente bruscos. A diferencia de los túneles cortos, aquí la salida deja de ser visible desde el primer momento y la adaptación visual se produce de forma diferente.
La situación se recrudece en los túneles que superan los 1.500 metros. En estas larguísimas infraestructuras se debe aprovechar como herramienta la geometría del túnel para trazar curvas de radio amplio, buscando una línea suave que permita una conducción cómoda y predecible de cara a la salida.
El relieve no siempre decide el trazado
Aunque la orografía del terreno atravesado por el túnel influye de manera evidente en el diseño final, no es el único elemento que entra en juego.
Los proyectos modernos tienen en cuenta aspectos relacionados con la seguridad vial, la respuesta visual de los conductores, la evacuación, la ventilación y el mantenimiento futuro de la infraestructura.
En otras palabras, detrás de cada túnel existe un complejo trabajo de ingeniería que no se limita a atravesar una montaña, sino que busca garantizar que la circulación por su interior sea lo más segura y cómoda posible.
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Historiador de formación, periodista deportivo de vocación y apasionado del motor por elección. Terminé contando carreras en vez de guerras. Entre libros, crónicas y gasolina he ido encontrando el camino. Ahora intento comunicarlo sin levantar el pie del acelerador.
