El verano ya está aquí y, con él, millones de desplazamientos por las carreteras españolas. En medio de las largas horas de viaje bajo el sol, la búsqueda de la comodidad se convierte en la máxima prioridad para los ocupantes del vehículo.
Sin embargo, existe una estampa tan clásica como peligrosa que se repite de forma sistemática en nuestros trayectos: el copiloto relajado, con el asiento reclinado y los pies apoyados directamente sobre el salpicadero o la guantera. Lo que muchos consideran un gesto inofensivo de confort estival es, en realidad, una temeridad que Tráfico vigila con lupa desde el aire y el asfalto.
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Esta postura, desprovista a menudo de calzado, esconde un riesgo extremo que va mucho más allá de una cuestión de civismo o estética. La Dirección General de Tráfico (DGT) ha advertido en reiteradas ocasiones sobre las devastadoras consecuencias físicas de este hábito.
El problema radica en que los sistemas de seguridad pasiva del automóvil, como el cinturón y el airbag, están diseñados para proteger un cuerpo en posición vertical y perfectamente apoyado en la banqueta. Al romper esa ergonomía, el vehículo se convierte en una trampa.

El efecto submarino y la metralla del airbag
Los expertos en seguridad vial señalan dos grandes peligros cuando se viaja en esta posición. El primero de ellos es el denominado efecto submarino. En caso de un frenazo brusco o impacto, el cuerpo de un copiloto mal colocado tiende a deslizarse por debajo de la banda pélvica del cinturón de seguridad. Esto provoca que la presión de la retención se desplace hacia el abdomen, causando lesiones internas gravísimas en órganos vitales.
“El airbag no es una almohada; es un dispositivo pirotécnico que se despliega a más de 250 km/h”, recuerdan los técnicos de seguridad de la aseguradora Mapfre.
Si se produce un choque frontal y el airbag salta con los pies en el salpicadero, la bolsa de aire empujará las piernas de la víctima directamente contra su propio rostro y torso con una fuerza descomunal.
El resultado clínico de esta imprudencia sobrecoge a los servicios de emergencia: fracturas dobles de rodilla y fémur, roturas de pómulos o mandíbula, desprendimiento de retina con ceguera permanente e, incluso, traumatismos craneoencefálicos severos provocados por el propio impacto de las extremidades contra la cabeza.

Una infracción que recae sobre el conductor
Más allá del indiscutible drama médico, la legislación española persigue activamente esta conducta en sus campañas estivales. Los agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, apoyados por los drones y los helicópteros Pegasus, sancionan de forma habitual esta postura. La multa económica asciende a 100 euros, tipificada como una infracción leve que no conlleva la retirada de puntos del carnet de conducir.
Existe, no obstante, un matiz legal que suele generar bastante sorpresa y discusiones en el habitáculo. El responsable legal de abonar la receta no es el copiloto insubordinado, sino el propio conductor.
Así lo determina de forma estricta el artículo 18 del Reglamento General de Circulación, el cual estipula que el conductor está obligado a mantener su propia libertad de movimientos, el campo necesario de visión y la posición adecuada del resto de los pasajeros para garantizar que no haya interferencias en la conducción.

La comodidad no es negociable en caso de accidente
El viaje perfecto de vacaciones empieza y termina en el destino, no en el hospital ni con una notificación de sanción en el buzón. Disfrutar de la ruta veraniega exige responsabilidad colectiva. Ningún nivel de fatiga justifica neutralizar la eficacia de los sistemas que salvan vidas.
En el coche, la única postura válida es aquella que respeta las leyes de la física y el código de circulación. Conviene recordarlo antes de arrancar el motor: un simple gesto de relax puede cambiar la vida de los pasajeros para siempre en menos de una milésima de segundo.

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