Hay coches que anuncian su llegada con fuegos artificiales y otros que se marchan cerrando la puerta con suavidad. El nombre del Volkswagen Touareg Final Edition ya indica a que grupo pertenece.
Un vehículo muy especial que nunca necesitó un alerón enorme ni una pintura fosforita para recordar que ha sido uno de los modelos más especiales de la marca.
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Su producción termina en 2026, después de tres generaciones, más de 1,2 millones de unidades vendidas y una historia iniciada en 2002, cuando Volkswagen decidió que también podía sentarse a la mesa de los fabricantes prémium.
Lo hizo junto al Phaeton y con motores tan razonables como aquel V10 TDI de 313 CV y 750 Nm. Razonables, claro, si uno desayunaba gasóleo.
La edición de despedida se ofreció en España desde 75.025 euros, aunque la unidad probada, un R-Line Final Edition 3.0 V6 TDI de 286 CV, eleva la factura hasta 94.315 euros antes de añadir opciones. Es mucho dinero, pero también mucho coche: 4,90 metros, casi dos metros de anchura y más de dos toneladas que se mueven con una facilidad desconcertante.
Una despedida sin disfrazarse de coche nuevo
El Final Edition no intenta engañar a nadie con una transformación profunda. Las diferencias se concentran en inscripciones específicas grabadas con láser en los marcos de las puertas traseras, el selector del cambio, las molduras iluminadas y el revestimiento del salpicadero.
Por lo demás, sigue siendo el Touareg que conocemos desde su última actualización: sobrio, elegante y mucho menos dado al exhibicionismo que algunos rivales. El acabado R-Line añade detalles negros, llantas de 20 pulgadas, faros Matrix Led y un emblema trasero iluminado que, por la noche, recuerda que Volkswagen también sabe hacer espectáculos teatrales cuando se lo propone.
Dentro ocurre algo parecido. No hay una selva de pantallas flotantes ni un espectáculo de luces digno de una discoteca en Ibiza. El enorme monitor central de 15 pulgadas se integra con el cuadro digital para formar el llamado Innovision Cockpit, acompañado por algunos mandos físicos que agradecen especialmente quienes aún conservan dedos y memoria muscular.
La calidad es excelente, tanto por materiales como por ajustes. Los asientos resultan amplios y muy cómodos, las plazas traseras permiten regular longitudinalmente la banqueta y el maletero ofrece 810 litros, ampliables hasta 1.800. La suspensión neumática incluso puede bajar la carrocería para facilitar la carga, porque levantar maletas también merece de cierta asistencia tecnológica.
Un V6 diésel que todavía tiene mucho que decir
Bajo el capó aparece uno de esos motores que probablemente valoraremos más cuando ya no existan. El 3.0 V6 TDI desarrolla 286 CV y entrega 600 Nm, asociados a una caja automática Tiptronic de ocho velocidades y a la tracción total permanente 4Motion.
No es una mecánica electrificada y, por tanto, se conforma con la etiqueta C. Tampoco tiene sentido para recorrer tres kilómetros diarios hasta el colegio y volver a casa. Pero en viajes largos sigue siendo una herramienta magnífica: refinada, contundente y capaz de mover el coche sin que parezca sufrir esfuerzo alguno.
La entrega de potencia es casi imperceptible por su progresividad. Se pisa el acelerador, la caja reduce con suavidad y el Touareg comienza a ganar velocidad como si alguien estuviera acortando la carretera por delante. No pega una patada, no dramatiza y no necesita convertir cada adelantamiento en una escena de acción.
Acelera de 0 a 100 km/h en 6,4 segundos y alcanza 236 km/h de velocidad tope, cifras llamativas para un SUV de 2.122 kilos. Más impresionante resulta la facilidad con la que sostiene velocidades elevadas sin ruido, vibraciones ni sensación de esfuerzo. A 120 km/h parece que el coche acaba de despertarse y pregunta si ya hemos salido del aparcamiento.
El Touareg hace desaparecer los kilómetros
La gran especialidad de este Volkswagen no son las curvas cerradas ni los semáforos. Es viajar. En autopista combina un aislamiento acústico excelente, asientos cómodos y una estabilidad que permite recorrer cientos de kilómetros con una sensación de descanso poco habitual.
El consumo homologado de esta versión es de 8,6 l/100 km. En conducción real y sobre recorridos largos resulta razonable moverse alrededor de los 9 litros, siempre que el conductor no interprete los 600 Nm como una invitación permanente a comprobar el funcionamiento de los radares.
El trabajo de la caja Tiptronic consiste en pasar desapercibida y lo consigue. Cambia con suavidad, escoge bien las marchas y permite utilizar levas, aunque lo normal es olvidarse de ellas después de los primeros diez minutos.
La suspensión neumática adaptativa amplía mucho el rango de uso. En el modo más confortable filtra baches y juntas con notable eficacia; al endurecerla, contiene mejor los movimientos de su carrocería grande y pesada.
Más ágil de lo que debería ser
El Touareg no pretende convertirse en un Porsche Cayenne, aunque comparte arquitectura. Sin embargo, puede equipar dirección en las cuatro ruedas y estabilizadoras activas, un paquete que reduce de forma evidente la sensación de tamaño y contiene los balanceos.
En carreteras rápidas de curvas sorprende por su precisión. La dirección no es especialmente comunicativa, pero guía bien el eje delantero, mientras la tracción 4Motion reparte el esfuerzo sin sobresaltos. Todo ocurre con una naturalidad que hace olvidar durante algunos minutos que detrás viajan casi cinco metros de SUV.
Cuando la carretera se estrecha, el tamaño vuelve a presentarse. Sus 1,98 metros de anchura exigen cierta atención y no invitan a improvisar. Tampoco es un coche para enlazar horquillas buscando el límite: puede hacerlo, pero sería como acudir a correr una media maratón con zapatos de vestir. Posible, aunque no parece la decisión más sensata.
Los frenos soportan bien el peso, pero el Touareg se disfruta más conduciendo con fluidez, aprovechando el par del motor y dejando que cada curva se resuelva sin brusquedad.
Un todoterreno que aprendió modales
El primer Touareg nació con verdaderas capacidades fuera del asfalto, incluyendo suspensión regulable, generosa capacidad de vadeo y aptitudes para superar pendientes difíciles. La tercera generación se ha orientado mucho más hacia la carretera, pero conserva la tracción integral y la posibilidad de elevar la carrocería con la suspensión neumática.
No es el coche indicado para buscar trialeras con neumáticos de carretera y llantas grandes. Sin embargo, transmite una seguridad enorme sobre nieve, pistas sencillas o firmes deslizantes. Su capacidad todoterreno queda en segundo plano, disponible cuando hace falta, como ese pariente tranquilo que nunca presume de ser cinturón negro de karate.
¿De verdad parece un Volkswagen de 94.000 euros?
Esa pregunta ha acompañado al Touareg durante toda su vida. La respuesta, tras conducirlo, sigue siendo afirmativa. Por calidad, refinamiento, tecnología y comportamiento, podría llevar perfectamente un emblema considerado más prestigioso.
El problema es que, por 94.315 euros, entra en un territorio donde abundan Audi, BMW, Mercedes o Volvo. Además, algunos elementos deseables (como el Head-up Display, los asientos ventilados con masaje o determinadas ayudas) pueden elevar la cifra por encima de los 100.000 euros.
A cambio, el Touareg ofrece algo que no siempre se encuentra en esos rivales: una cierta discreción. No necesita anunciar el precio, atraer miradas ni demostrar nada en la puerta de un restaurante. Es lujo para quien valora más la calidad del viaje que la reacción del aparcacoches.
Una despedida que llega demasiado pronto
El Volkswagen Touareg Final Edition no es perfecto. Es grande para la ciudad, caro, no tiene etiqueta ECO y su sistema multimedia exige demasiadas pulsaciones para funciones sencillas. Tampoco es el coche más moderno de su categoría.
Pero sigue siendo un extraordinario compañero de viaje. El V6 TDI tiene fuerza de sobra, la suspensión neumática convierte las malas carreteras en un asunto mundano y el habitáculo ofrece espacio, silencio y calidad en cantidades generosas.
Tal vez por eso su despedida deja una sensación extraña. Volkswagen no abandona simplemente un modelo: pone fin a una época en la que una marca generalista podía desarrollar un SUV sin complejos, compartir tecnología con coches mucho más caros y montar motores creados para recorrer Europa de una sentada.
El Touareg se marcha como llegó: sin pedir permiso y demostrando que el logotipo del capó nunca contó toda la historia. Y después de varios cientos de kilómetros, resulta difícil evitar una conclusión: Volkswagen quizá vuelva a fabricar otro SUV grande, pero no será fácil que vuelva a fabricar otro coche como este.
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Periodista especializado en motor desde hace más de 20 años, ha trabajado en diferentes gabinetes de prensa (Federación Española de Automovilismo o Circuito del Jarama) y medios especializados (Motor 16, Marca Motor o Auto Bild). Apasionado de coches, motos y, ahora también, de los cacharros con alas.
