Hoy resulta casi imposible pasar un solo día sin encontrarse con un código QR. Está en la carta de un restaurante, en un billete de tren, en el embalaje de un paquete, en una llanta, en una batería o incluso en el parabrisas de algunos coches. Basta con sacar el teléfono móvil para acceder a toda la información que esconde.
Sin embargo, muy poca gente sabe que esta tecnología no nació pensando en Internet, en los smartphones ni en los pagos digitales. Su origen está en una fábrica japonesa de componentes para automóviles, donde un grupo de trabajadores había llegado al límite de su paciencia.
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El problema no era fabricar más coches ni aumentar la producción. Lo que realmente desesperaba a los operarios era tener que repetir la misma tarea cientos de veces durante cada jornada.
Un trabajo tan repetitivo como desesperante
A comienzos de los años noventa, las líneas de producción manejaban miles de piezas diferentes. Cada una debía identificarse correctamente para evitar errores durante el montaje, el almacenamiento o el transporte.
El sistema utilizado era el tradicional código de barras, pero empezaba a quedarse pequeño. Cada etiqueta almacenaba muy poca información y obligaba a realizar numerosos escaneos para completar el trabajo.
En algunos puestos, los operarios tenían que leer cerca de 1.000 códigos de barras cada día. Era una tarea lenta, repetitiva y poco eficiente que terminaba consumiendo una enorme cantidad de tiempo.
La solución llegó de un ingeniero japonés
El encargado de encontrar una alternativa fue Masahiro Hara, un ingeniero que trabajaba en Denso, una empresa especializada en componentes para automóviles y proveedor de Toyota.
En un principio, la idea era mejorar los lectores de códigos de barras. Sin embargo, Hara llegó rápidamente a otra conclusión: el problema no estaba en el lector, sino en el propio código de barras.
Hacía falta un sistema capaz de almacenar mucha más información, que pudiera leerse desde cualquier ángulo y que siguiera funcionando incluso cuando estuviera parcialmente cubierto por grasa, aceite, polvo o pequeñas deformaciones, algo muy habitual dentro de una cadena de montaje.
Así nació el código QR
Después de meses de desarrollo apareció el Quick Response Code, conocido en todo el mundo como código QR.
Su principal ventaja era evidente desde el primer momento. Permitía almacenar mucha más información que un código de barras, podía leerse en apenas un instante y funcionaba incluso aunque una parte del símbolo estuviera dañada.
Los tres grandes cuadrados situados en las esquinas tampoco están ahí por casualidad. Son los que permiten al lector reconocer inmediatamente la orientación del código y escanearlo sin importar cómo esté colocado.
Pensado para las fábricas, utilizado por todos
Lo más curioso es que nadie imaginaba el futuro que tendría aquella tecnología. Su objetivo era exclusivamente industrial. Debía ayudar a identificar componentes, agilizar el trabajo en las fábricas y reducir los errores durante la producción de vehículos.
Sin embargo, el sistema resultó tan eficaz que pronto comenzó a utilizarse en otros sectores. Primero llegó a la logística, después al comercio, más tarde a los teléfonos móviles y, finalmente, a prácticamente cualquier actividad cotidiana.
Los coches siguen utilizando el QR todos los días
Aunque hoy asociemos el código QR al móvil, la industria del automóvil nunca ha dejado de utilizarlo.
Es habitual encontrar estos códigos en llantas, motores, baterías, centralitas electrónicas, lunas o diferentes piezas de la carrocería. No están pensados para el conductor, sino para facilitar la trazabilidad, identificar la referencia de cada componente, conocer el lote de fabricación y agilizar cualquier reparación o sustitución.
Por eso, cuando aparece un QR en una pieza del coche, casi nunca es una función destinada al usuario. En realidad, sigue cumpliendo exactamente la misma misión para la que fue creado hace más de 30 años.
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Periodista especializado en motor desde hace más de 20 años, ha trabajado en diferentes gabinetes de prensa (Federación Española de Automovilismo o Circuito del Jarama) y medios especializados (Motor 16, Marca Motor o Auto Bild). Apasionado de coches, motos y, ahora también, de los cacharros con alas.
