En el mercado de los coches clásicos y de colección hay operaciones que sirven como termómetro. No tanto por el importe final, sino por lo que anticipan sobre un cambio de sensibilidad. Eso es lo que ha ocurrido con la reciente venta de un Mercedes-Benz CL65 AMG de principios de los años 2000 que ha superado los 300.000 euros, una cifra que hasta hace poco parecía reservada a superdeportivos italianos o a series especiales.
No se trata de una edición limitada ni de un modelo de carreras homologado para la calle. Su atractivo reside en una combinación poco frecuente de lujo extremo, discreción estética y unas prestaciones difíciles de digerir en su contexto histórico. Dos décadas después, ese equilibrio empieza a valorarse como lo que es, una pieza irrepetible en el contexto actual.
Más información
Un lujo desmedido
A mediados de los años 2000, este tipo de cupés encarnaban una filosofía que hoy en día ha desaparecido: coches grandes, potentes y refinados que no que no sentían la necesidad de justificarse.
Bajo el capó, un motor V12 biturbo de 6,0 litros entregaba 604 CV y un par máximo de 1.000 Nm, cifras que en su momento dejaban en evidencia a muchos superdeportivos.

Más allá de la mecánica, el ejemplar que ha protagonizado esta venta destaca por una configuración prácticamente única. Frente a los habituales colores oscuros que dominaban este modelo, esta unidad fue encargada en blanco y combinada con un interior en cuero marrón y molduras de madera clara, una elección muy poco común en este tipo de versiones deportivas.
El equipamiento original refuerza esa dualidad entre confort y exceso, con suspensión activa, frenos sobredimensionados, asientos climatizados con función de masaje, sistema de sonido prémium y una instrumentación específica que ya advertía de unas prestaciones fuera de lo convencional.

El valor del tiempo y de los kilómetros que no se hicieron
Uno de los factores determinantes de esta operación está en el uso, o más bien en su ausencia. El coche apenas ha recorrido algo más de 5.000 kilómetros desde que salió de fábrica, una cifra casi testimonial para un vehículo concebido para devorar autopistas.
A ello se suma una circunstancia poco habitual incluso en el mundo del coleccionismo: ha tenido un único propietario durante veinte años, una figura conocida en el mundo del coleccionismo por encargar coches con configuraciones fuera de catálogo, Michael Fux.

De coche incomprendido a objeto de deseo
Durante años, estos grandes cupés de lujo con prestaciones descomunales vivieron en tierra de nadie. No eran deportivos puros ni tampoco berlinas convencionales. Su depreciación fue severa y permitió acceder a ellos por precios sorprendentemente bajos en el mercado de ocasión. Incluso hoy, las unidades con kilometrajes elevados siguen siendo relativamente accesibles.
Sin embargo, operaciones como esta apuntan a un reajuste claro. No tanto del modelo en su conjunto, sino de ejemplares muy concretos, con historial impecable, configuraciones singulares y un estado de conservación que roza lo museístico.
Sigue toda la información de EL MOTOR desde Facebook, X o Instagram
Vas a alucinar con los precios que alcanzaron los cinco Hot Wheels más caros de la historia
En un contenedor olvidado: el Lotus de James Bond que Elon Musk compró por (casi) un millón de euros