El paisaje de la zona norte de Madrid está a punto de cambiar para siempre, pero esta vez no será para dar paso a más hormigón o asfalto convencional. En el marco de las obras de ampliación de la carretera M-607, a la altura de Colmenar Viejo, ha comenzado a gestarse una estructura que desafía la lógica urbana tradicional.
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Se trata del primer gran ecoducto de estas dimensiones en la región, un puente diseñado exclusivamente para aquellos que no tienen carné de conducir: los animales. Esta ‘autopista verde’ nace como una exigencia medioambiental irrenunciable para permitir el tercer carril de la vía.
Su objetivo es tan ambicioso como su presupuesto: recoser un ecosistema que el tráfico humano dividió hace décadas, permitiendo que la fauna silvestre recupere su territorio sin poner en jaque la seguridad de los conductores.

Más de 100 metros de naturaleza suspendida
Lo que hace que este proyecto sea una pieza de ingeniería excepcional es su concepción como suelo vivo. A diferencia de los puentes convencionales que conectan poblaciones humanas, esta estructura de 137 metros de longitud y 56 de anchura se ha diseñado para ser invisible a los ojos de sus usuarios. No habrá farolas, ni señales, ni nada que recuerde a una estructura vial.
Sobre cuatro falsos túneles de hormigón que cubrirán las calzadas en ambos sentidos, se verterá una capa de dos metros de tierra vegetal. Esta profundidad es la clave del éxito del proyecto, ya que permite que sobre el puente crezca un ecosistema real de encinas, retamas y matorral mediterráneo. El objetivo es que un corzo o un jabalí, al aproximarse, no detecte una construcción artificial, sino una prolongación natural del monte que lo rodea.

Mucho más que un paso de fauna
Para que un animal salvaje se atreva a cruzar por encima de una carretera que soporta miles de vehículos diarios, el aislamiento es fundamental. El proyecto de la M-607 incluye la instalación de pantallas vegetales y vallados de madera de dos metros de altura. Estos elementos actúan como un escudo acústico y visual, impidiendo que el ruido de los motores o el destello de los faros asusten a la fauna, evitando reacciones de pánico que podrían acabar en la calzada.
Además, en los extremos del puente se colocarán bloques de piedra de hasta 800 kilos. No es una decisión estética; es una medida de seguridad para garantizar que el ecoducto sea de uso exclusivo. Estas rocas impiden el acceso a vehículos todoterreno o quads, asegurando que el corredor sea un refugio de paz para especies como el gamo o el jabalí que abundan entre Tres Cantos y Colmenar Viejo.

Las otras infraestructuras de este tipo
Aunque el puente de la M-607 será el más espectacular por su diseño integrado, Madrid ya cuenta con experiencia en este campo. La M-501 (carretera de los Pantanos) fue la pionera en 2009 con dos pasos elevados similares que demostraron que, si se construye el camino, los animales lo usan.
A nivel nacional, España se ha convertido en un referente europeo en este tipo de infraestructuras por necesidad. Los ecoductos de Doñana (Huelva) han sido críticos para evitar el atropello de linces ibéricos, mientras que en la Autovía del Cantábrico (A-8), los pasos naturalizados permiten que el oso pardo se mueva entre bosques sin peligro.

Una inversión en seguridad vial
Para el usuario de la vía, este megapuente es, ante todo, un seguro de vida. En España, los accidentes por irrupción de fauna son una de las principales causas de siniestralidad en carreteras secundarias y autovías periféricas. Solo el jabalí causa miles de colisiones al año, muchas de ellas con consecuencias graves para los ocupantes del vehículo.
Al canalizar a los animales por este nuevo corredor preferente, la Comunidad de Madrid no solo protege la biodiversidad, sino que elimina un factor de riesgo crítico en una zona de alta densidad biológica. El mensaje es claro: la movilidad del futuro en Madrid ya no solo se mide en velocidad, sino en su capacidad para convivir con el entorno que atraviesa.
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