El mundo del motor asiste atónito a una de las imágenes más inusuales y polémicas del año. El presidente del mayor fabricante de automóviles del planeta, Toyota, Akio Toyoda, decidió despojarse de su habitual discreción para lucir un controvertido atuendo político en su propio país.
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En un evento de la Nascar celebrado el pasado fin de semana en el circuito Fuji Speedway, organizado por la Asociación Japonesa de Negocios y Cultura Automovilística, que él mismo dirige, el ejecutivo se presentó con una gorra roja de “Make America Great Again” (MAGA) y una camiseta de la última campaña presidencial con los rostros de Trump y Vance.
La instantánea, que muchos tacharon inicialmente de ser generada por inteligencia artificial, fue real y ha provocado un auténtico terremoto en la industria automovilística.

Inversión y estrategia comercial
La decisión del, por lo general, tranquilo Toyoda contrasta fuertemente con el perfil de otras grandes corporaciones, que intentan evitar implicaciones políticas explícitas para no ofender a ninguna base de clientes global y mantener la neutralidad. Sin embargo, este arriesgado gesto llega en un contexto crucial para la compañía japonesa. El fabricante nipón acaba de anunciar un plan para realizar una inversión adicional de 10.000 millones de dólares (8.685 millones de euros) en Estados Unidos.
De esta manera, va a elevar su compromiso total en el país a casi 60.000 millones de dólares (52.113 millones de euros). Esta fuerte inyección de capital está claramente orientada a reducir la fricción comercial con Washington y mitigar los efectos de los posibles aranceles que ha intentado imponer el nuevo gobierno estadounidense a los vehículos importados.

Declaraciones y reacciones
Previamente al acto, Toyoda había declarado que su objetivo era buscar maneras de que “los aranceles beneficien a todos”, y que su máxima prioridad era que el cliente saliera ganador. Este mensaje, que busca suavizar el impacto de las protecciones arancelarias, se vio inmediatamente opacado por su vestimenta. Este singular vestuario elegido, además, se produjo en presencia del embajador de Estados Unidos, George Glass, quien optó por un atuendo notablemente más sutil.
Las reacciones en el mundo del motor no se han hecho esperar, revelando una profunda división. Mientras algunos analistas lo interpretan como un movimiento empresarial calculado y estratégico, diseñado específicamente para apaciguar al expresidente y proteger las gigantescas inversiones de Toyota en el mercado estadounidense, otros han manifestado abiertamente su repulsa.

Neutralidad corporativa
Mientras tanto, en las redes sociales, las opiniones a favor y en contra de este audaz giro corporativo se multiplican, evidenciando un alto riesgo para la imagen de marca. Críticos y consumidores señalaron que la marca acaba de perder clientes, con mensajes tan contundentes como: “Claramente es otra marca de coches que jamás me verá como cliente”, y pidiendo a la compañía que maneje estos asuntos de manera discreta para evitar connotaciones políticas.
La línea divisoria entre la estrategia de negocios y la declaración política se ha difuminado por completo, obligando a los consumidores a preguntarse sobre el verdadero compromiso de la marca más allá de la producción de vehículos. Con este movimiento, Toyoda no solo ha capturado titulares a nivel global, sino que ha forzado a la industria a debatir hasta qué punto las grandes empresas deben arriesgar su neutralidad para navegar el complejo panorama político internacional, especialmente en lo referente a las tensas relaciones comerciales entre Japón y Estados Unidos.
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