Conducir bajo la lluvia no suele preocupar demasiado hasta que el parabrisas empieza a llenarse de marcas, zonas empañadas o restos de agua que dificultan ver bien la carretera. Es una situación más habitual de lo que parece y, en muchos casos, el problema empieza mucho antes de que lleguen las primeras tormentas.
Aunque pasan desapercibidas durante gran parte del año, las escobillas del limpiaparabrisas sufren especialmente con el calor, el polvo y la exposición continua al sol. Ese desgaste silencioso termina afectando a su rendimiento justo en el momento en el que más se necesitan.
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El verano
Existe la idea de que los limpiaparabrisas solo trabajan de verdad durante el invierno. Sin embargo, las altas temperaturas del verano son uno de sus peores enemigos. Cuando el coche permanece aparcado durante horas bajo el sol, la goma pierde flexibilidad y comienza a endurecerse progresivamente.
Ese deterioro provoca que las escobillas no se adapten bien al cristal. Entonces aparecen pequeños saltos, ruidos molestos o zonas que permanecen mojadas tras cada pasada.
A eso se suma la suciedad típica de esta época del año. Polvo, arena, insectos o restos de resina terminan acumulándose sobre el parabrisas y aceleran todavía más el desgaste de las gomas.
Por ese motivo, muchos especialistas recomiendan revisar este componente justo después del verano. Aunque aparentemente siga funcionando, puede haber perdido buena parte de su capacidad para limpiar correctamente y será un buen momento para cambiarlo.
Señales claras que indican el cambio
No hace falta esperar a que los limpiaparabrisas dejen de funcionar para sustituirlos. Existen síntomas bastante sencillos de detectar que indican que las escobillas están llegando al final de su vida útil.
Uno de los más habituales es el chirrido al accionarlas. Cuando ese ruido aparece incluso con el cristal mojado, normalmente significa que la goma se ha endurecido o presenta desgaste irregular. Ese sonido suele ser uno de los primeros avisos importantes.
También es frecuente que dejen líneas de agua, manchas o zonas sin limpiar. En algunos casos generan vibraciones incómodas o movimientos poco uniformes que empeoran mucho la visibilidad durante la conducción.
Incluso el tacto permite detectar problemas. Si la goma presenta grietas, cortes o partes levantadas, lo más recomendable es cambiarla cuanto antes para evitar que el problema vaya a más.
Elegir bien las escobillas
Uno de los errores más comunes consiste en comprar cualquier recambio sin comprobar si realmente es compatible con el vehículo. No todas las escobillas sirven para todos los coches y elegir mal puede afectar a su funcionamiento.
Cada modelo utiliza un tamaño concreto y un sistema de anclaje diferente. Además, en muchos vehículos las dos escobillas delanteras no tienen la misma longitud. Revisar las medidas y el tipo de adaptador evita fallos durante el montaje.
Actualmente existen tres tipos principales de escobillas. Las tradicionales incorporan una estructura metálica y suelen encontrarse en coches más antiguos. Las planas ofrecen mejor aerodinámica y responden mejor a velocidades elevadas.
Por otro lado, las híbridas combinan características de ambos sistemas y destacan por adaptarse bien a distintas condiciones meteorológicas. Son una opción cada vez más habitual en vehículos modernos.
Cómo evitar averías más caras
Las escobillas no son el único elemento que puede fallar en este sistema. También pueden aparecer problemas en el motor eléctrico, el fusible o las boquillas que expulsan el líquido limpiador.
Cuando el agua deja de salir correctamente, muchas veces la causa es una obstrucción provocada por suciedad o restos de cal. Por eso se recomienda utilizar líquidos específicos en lugar de agua corriente.
Además, limpiar periódicamente las gomas con un paño húmedo ayuda a eliminar residuos acumulados y mejora el funcionamiento diario.
Son pequeños cuidados que apenas llevan unos minutos y que pueden marcar una gran diferencia cuando las condiciones en carretera se complican.
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