Pruebas

Esencia de deportividad metida en un envase de bolsillo

Pequeño y atractivo, con el carácter de la marca y argumentos de sobra para gustar a los jóvenes, así es el Alfa Romeo MiTo.

Esencia de deportividad metida en un envase de bolsillo

Alfa Romeo es la marca más deportiva. Muy relacionada a lo largo de su historia con la competición (incluyendo la F-1) es la garante de ese espíritu frente a otras propuestas más racionales o convencionales. Un talante que imprime a todos sus productos incluyendo al MiTo, el modelo de acceso a su gama.

Nos encontramos ante un utilitario de dimensiones contenidas (cuatro metros justos de longitud), con una marcada personalidad en cada uno de sus detalles, empezando por el propio diseño de su carrocería de tres puertas. Es un coche que entusiasma a los más jóvenes y también a las conductoras, porque se desmarca de la mayoría de sus rivales de segmento con una estética mucho más dinámica, creada para gustar y no para dejar indiferente a quien la contempla.

La misma tendencia se aplica al habitáculo, que es lo poco espacioso que cabe esperar de su tamaño. Los asientos, el volante, la instrumentación, los diferentes mandos, los acabados y los materiales disfrutan de esa agradable realización a medio camino entre la exclusividad y la deportividad que tanto gusta a determinados clientes, capaz de distanciar en este sentido al MiTo de otros competidores en precio.

Muy acertada es la elección de un motor turbodiésel JTD de 1,6 litros y 120 CV, suficientes para mover con alegría el coche y sin que los consumos se disparen en ningún momento, ni siquiera en una conducción exigente. Se combina con un cambio manual de seis relaciones bien escalonadas, además de contar con el control electrónico de utilización DNA, que permite elegir entre tres modos: dinámico, normal y allweather, este último para firmes de baja adherencia.

Otra de las grandes cualidades del MiTo es la puesta a punto de su chasis, entendiendo como tal el propio bastidor, suspensiones, dirección y frenos; destaca porque transmite sensaciones propias de coches mucho más deportivos (sin serlo a ese nivel, tampoco por precio), con lo que su conducción se convierte en algo divertido y gratificante.









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