La mañana de este lunes, el tráfico de la Comunidad de Madrid se ha visto sacudido por un episodio de alta tensión en una de sus arterias principales. Un aparatoso accidente múltiple en la carretera M-50, concretamente en el punto kilométrico 48,5 a su paso por el municipio de Getafe, ha generado retenciones kilométricas que han puesto a prueba la paciencia de miles de conductores.
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Lo que comenzó como un alcance convencional entre varios turismos derivó rápidamente en una columna de humo negro visible desde varios kilómetros a la redonda: un Renault Clio de combustión se convertía en una bola de fuego en el carril izquierdo de la vía. Efectivos de Bomberos de la Comunidad de Madrid, patrullas de la Guardia Civil de Tráfico, Policía Nacional y Policía Municipal de Getafe se desplazaron de inmediato al lugar del siniestro.
Afortunadamente, y según confirman fuentes de Emergencias 112, no se han lamentado víctimas de gravedad, aunque el vehículo afectado ha quedado reducido a un esqueleto de metal calcinado. La prioridad de los equipos de intervención fue extinguir las llamas y asegurar la zona, lo que obligó al corte total de los carriles en dirección norte, provocando un colapso circulatorio que ha afectado incluso a los accesos desde la A-4.
¿Por qué arde un coche de gasolina o diésel?
Aunque la narrativa actual suele poner el foco en las baterías de los coches eléctricos, el suceso de Getafe recuerda que los motores de combustión también esconden riesgos latentes bajo el capó. No es habitual que un coche arda por un simple ‘toque’, pero en alcances de cierta intensidad, los factores críticos se alinean. Fuentes expertas en peritaje de incendios señalan que la causa más común tras un impacto es la ruptura de los conductos de combustible.
Si el choque afecta a la rampa de inyección o a las líneas que transportan la gasolina bajo presión, el líquido inflamable puede proyectarse directamente sobre componentes que operan a temperaturas extremas, como el colector de escape o el turbocompresor. En un motor de combustión, estos elementos pueden superar fácilmente los 500 °C, superando con creces el punto de autoignición de los hidrocarburos. Una sola gota en el lugar equivocado es suficiente para iniciar una combustión incontrolada en cuestión de segundos.

El sistema eléctrico y los fluidos
Más allá del combustible, existen otros culpables invisibles en el vano motor. El sistema eléctrico, incluso en un coche que no es híbrido ni enchufable, maneja intensidades de corriente elevadas. Un cortocircuito provocado por la deformación de las chapas tras el impacto puede generar una chispa que actúe como detonante. “El cableado, tras años de ciclos de calor, puede volverse quebradizo; un impacto desplaza las protecciones y el desastre está servido”, explican técnicos de talleres especializados consultados.
Asimismo, no se deben olvidar los fluidos auxiliares. El líquido de frenos y el aceite del motor son altamente inflamables bajo condiciones de presión y calor. Si el impacto de la M-50 dañó el cárter o el depósito de la dirección asistida, estos líquidos pudieron entrar en contacto con las partes calientes del bloque motor, alimentando el fuego del Renault Clio de forma voraz.

Mucho cuidado con los neumáticos
Por otro lado, existe un factor de riesgo que a menudo pasa desapercibido para el conductor medio y que no requiere necesariamente de una colisión previa: el estado de los neumáticos. Un reventón a alta velocidad o, incluso más peligroso, circular con una presión excesivamente baja, puede desencadenar un incendio por fricción. En estas circunstancias, la estructura interna de la rueda sufre una deformación cíclica tan severa que genera un calor extremo, provocando que el caucho alcance su temperatura de ignición.
Una vez que el neumático comienza a arder, la proximidad con los latiguillos del sistema de frenos y los pasos de rueda (fabricados habitualmente en materiales plásticos) facilita que las llamas se propaguen al resto del vehículo en un tiempo récord, convirtiendo un problema de mantenimiento en una emergencia de primer nivel. Este fenómeno se agrava drásticamente durante los meses estivales en las olas de calor; el asfalto de las carreteras puede superar fácilmente los 60 °C, una temperatura que convierte la calzada en un yunque abrasador para el caucho.

El mantenimiento como seguro de vida
El incidente de Getafe ya es historia, pero deja una lección importante para el parque móvil español, cuya edad media sigue en aumento. Un mantenimiento deficiente (manguitos cuarteados, fugas de aceite no reparadas o instalaciones eléctricas dañadas) multiplica las posibilidades de que un accidente leve termine en un siniestro total por incendio.
En un mundo que mira con lupa la seguridad de las nuevas energías, el fuego de hoy en la M-50 avisa que el peligro no entiende de etiquetas ambientales, sino de física, química y un estado de conservación óptimo. La prevención sigue siendo, kilómetro a kilómetro, la mejor herramienta para evitar que un viaje rutinario acabe con un vehículo calcinado por la llamas.

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