El coche eléctrico acaba de encontrarse con un inconveniente tan inesperado como real. Esta vez no tiene relación con la autonomía, las baterías o los puntos de carga disponibles. El problema llega directamente desde el sistema energético: la intensa ola de calor que afecta a parte de Europa ha obligado a reducir la potencia de algunos cargadores rápidos durante varias horas al día.
Lo que está ocurriendo en Hungría demuestra hasta qué punto la expansión de la movilidad eléctrica depende también de una infraestructura energética sólida, una red eléctrica estable y una capacidad de generación suficiente para absorber los picos de demanda.
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Menos potencia cuando más se necesita
Las restricciones afectan principalmente a las horas de la tarde, cuando el consumo eléctrico se dispara por el uso masivo del aire acondicionado y los sistemas de refrigeración doméstica.
La compañía MOL Plugee ha reducido a 100 kW la potencia de sus cargadores de 150 kW o más entre las 17:00 y las 22:00 horas. Por su parte, E.ON Drive Infrastructure Hungary ha ido un paso más allá, limitando al 50% de su capacidad algunos cargadores de 300 kW en esa misma franja horaria.
Shell Recharge también se ha sumado a las medidas de contención, rebajando la potencia disponible en parte de su red. Incluso algunos puntos de carga instalados en aparcamientos comerciales han sido desconectados temporalmente para reducir la demanda sobre el sistema.

La alternativa más polémica
Algunas compañías han optado por una solución diferente. En lugar de reducir la velocidad de carga, han decidido actuar directamente sobre el coste para desincentivar el uso de los cargadores durante las horas punta.
Es el caso de EV.app, que ha elevado el precio hasta los 1,16 euros por kWh en determinados momentos del día. Una cifra que se sitúa muy por encima de las tarifas habituales y que convierte una recarga rápida en una operación considerablemente más cara.
El objetivo es desplazar parte de la demanda a horarios de menor consumo. Sin embargo, la estrategia también genera dudas entre muchos conductores, que ven complicado justificar precios tan elevados en una infraestructura que precisamente debería fomentar el uso del vehículo eléctrico y no ‘penalizarlo’.

El origen del problema, lejos de los coches
Aunque las consecuencias afectan a los usuarios de vehículos eléctricos, la causa principal no está en los cargadores. El problema nace de una combinación de calor extremo, sequía prolongada, bajos niveles del Danubio y dificultades en la central nuclear de Paks.
Esta instalación es especialmente importante para Hungría, ya que aporta una parte muy significativa de la electricidad que consume el país. Sin embargo, necesita agua del Danubio para refrigerar sus reactores y el descenso histórico del caudal ha complicado enormemente su funcionamiento.
Esto obligó a buscar formas rápidas de disminuir la demanda energética sin afectar a servicios esenciales, y los cargadores rápidos aparecieron como uno de los elementos más fáciles de gestionar temporalmente.

Un anticipo de los desafíos del futuro
Lo ocurrido en Hungría no significa que los coches eléctricos sean responsables de la crisis energética. Lo que sí demuestra es que la recarga ultrarrápida, los vehículos enchufables, la red eléctrica y la producción energética están cada vez más conectados entre sí.
Precisamente por eso, los cargadores del futuro serán cada vez más flexibles. Su potencia podrá variar en función de la demanda, el precio de la electricidad o la disponibilidad de generación renovable en cada momento. La experiencia húngara deja claro que electrificar el transporte exige invertir al mismo tiempo en energías renovables, almacenamiento energético, redes más robustas y sistemas capaces de adaptarse a situaciones extremas.
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