Cuando se habla de infraestructuras en la historia del automóvil, es habitual pensar en autopistas modernas o grandes redes de transporte actuales. Sin embargo, mucho antes de motorizar las carreteras, Roma ya había entendido algo clave: la movilidad es poder.
Y en ese contexto, una de las obras más ambiciosas del Imperio sigue teniendo hoy un protagonismo especial en España. Se trata de la Vía Augusta, una de las calzadas más largas jamás construidas por Roma, con un trazado que llegó a alcanzar cerca de 1.500 kilómetros de longitud.
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Una ‘autopista’ antes del automóvil
Aunque hoy el término puede parecer anacrónico, la Vía Augusta funcionaba en su época como lo haría una autopista en la actualidad. No era una simple vía, sino una infraestructura pensada para conectar territorios, facilitar el movimiento de mercancías y permitir un desplazamiento rápido de tropas.
Era el gran eje que conectaba el noreste con el suroeste de la península siguiendo el litoral mediterráneo. Partía desde los Pirineos, en la frontera con la Galia, y descendía hasta Gades (Cádiz), atravesando algunas de las ciudades más importantes de la época. Entre sus principales puntos de paso estaban, lo que hoy en día es Tarragona, Valencia, Cartagena y Córdoba. Era, en esencia, la gran columna vertebral del Mediterráneo romano en Hispania.

Ingeniería adelantada a su tiempo
Las calzadas romanas, y especialmente la Vía Augusta, destacaban por su nivel técnico. No eran simples caminos, sino construcciones complejas pensadas para durar. Se levantaban en varias capas, con una base sólida y una superficie de piedra perfectamente nivelada.
Este sistema garantizaba resistencia al paso del tiempo, buen drenaje y estabilidad para el tránsito. Más de dos mil años después, algunos tramos todavía son visibles, lo que demuestra la calidad de su construcción. Y precisamente ese es uno de los puntos fuertes de esta vía, su legado, ya que el trazado ha influido directamente en el desarrollo de la red viaria moderna española.
Actualmente las carreteras N-IV N-420, N-340 y la autopista del Mediterráneo, A-7, AP-7, A-70, siguen en muchos tramos el mismo itinerario que la Vía Augusta. De hecho, en algunos tramos de la actual N-340 se utilizó la calzada romana hasta principios del siglo XX, siendo asfaltados en los años 20, durante la Dictadura de Primo de Rivera.
El ‘Google Maps’ del Imperio romano
Para entender hasta qué punto estaban organizadas las rutas del Imperio romano, hoy existen herramientas que reproducen la red viaria de la época. Uno de los proyectos más conocidos es Ommes Viae, una recreación digital que permite calcular trayectos como lo haría un ciudadano romano.
Funciona exactamente igual que Google Maps (pero en latín): introduces un lugar de origen y otro de destino, y se te muestra la ruta más corta, con las principales vías, ciudades y ríos que te encontrarás por el camino, así como los días necesarios para llevar a cabo el viaje. El ejemplo, en la imagen:

Restos de la Vía Augusta
Lejos de quedar relegada al pasado, la Vía Augusta continúa formando parte del paisaje. Sus restos se pueden encontrar en distintos puntos de España, convirtiéndose en un elemento cultural y turístico:
Barcelona conserva su huella principalmente en el trazado urbano: una de las avenidas más importantes del distrito de Sarrià-Sant Gervasi lleva su nombre y sigue parcialmente su recorrido histórico. En Tarragona se mantienen algunos de los restos más visibles, como el tramo de El Perelló y el Arco de Bará, un monumento directamente vinculado al paso de la calzada.
En Castellón, el arco romano de Cabanes marca otro punto clave, aunque el trazado original discurre en muchos casos por vías interiores que no siempre coinciden con las carreteras actuales. En Valencia se conservan fragmentos del pavimento en el entorno de la Almoina, junto a otras estructuras de distintas épocas, además de miliarios que señalaban las distancias entre ciudades. En Murcia, especialmente en Lorca, se han encontrado varios miliarios de época imperial que permiten confirmar el recorrido de la vía, algunos de ellos asociados a los tiempos de Octavio Augusto y otros emperadores posteriores.
Ya en Andalucía, el trazado cruzaba el río Betis mediante infraestructuras como el puente de Andújar, del que aún se conservan varios arcos originales. En Sevilla, cerca de Utrera, una inscripción en el puente de la Alcantarilla confirma el paso de la vía, completando así un recorrido que conectaba el sur de Hispania con el resto del Imperio.
Al final, todos los caminos llevan a Roma. Y aunque evidentemente los medios en la actualidad son muy distintos, las carreteras continúan respondiendo a principios que ya estaban presentes en el Imperio. En este sentido, la Vía Augusta no es solo la calzada más larga de Hispania, sino un ejemplo de cómo una infraestructura puede cambiar la historia.

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